‘Genius Bar Blues (“No sin mi iWhisky” – John Wayne)’, por Amaia Santana

 

AMAIA SANTANA 1

Amaia Santana

 

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“No sin mi iWhisky” – John Wayne

  • Un iWhisky, por favor.

El iBarman sonríe un tanto perplejo. No sabe si estoy ligando o simplemente estoy majara.

  • ¿Qué tal el día? ¿Ya tienes planes para este viernes noche? – se esfuerza en ser amable y finge tener una conversación normal.

Ahora soy yo quien le mira confusa. Entre ofendida y resignadamente receptiva.

  • ¿Crees que si tendría planes estaría en esta barra aséptica? Un iWhisky, por favor. No tengo ganas de hablar. No sin mi iWhisky, se entiende.

El tipo sonríe nervioso. Acaba de descubrir que soy una antisocial sin remedio ni actualización de software que valga.

  • Dime, ¿en qué puedo ayudarte? –insiste. Con un par.

Inaudito.

  • ¿Es que no me estoy explicando bien? Te advierto de que no he tenido un buen día, como es obvio. No necesito más problemas…
  • Disculpe, señora, no se puede fumar aquí. – se apresura, cada vez más incómodo.

Lo que más me exaspera es que el hipster feliz se haya atrevido a llamarme señora. Este pobre no sabe dónde me he criado. Me inspira una mezcla de ira e intermitente instinto maternal.

  • ¿Cómo dices? ¿Que no puedo fumar? ¿En serio? Voy a obviar el término de señora para centrarme en lo importante…
  • Por favor, le ruego apague el cigarrillo. – El iAsistente mira de un lado a otro histérico, después mira hacia el techo, en busca, intuyo, de la alarma de incendios anti-nihilistas irritantes.
  • Me va a disculpar usted a mí. Pero en vista de que se resiste a facilitarme la vida con ese mísero iWhisky que tan, creo yo, amablemente le he pedido, me va a permitir que me fume mi cigarrillo mientras usted piensa en aquel rincón de ahí en lo que ha hecho. Debería sentirse avergonzado de hacerme sentir avergonzada. Resulta que yo, mujer de bien –o señora, según algunos, ejem-, tengo que pagar religiosamente mis facturas, no hacer demasiado ruido, ser discretamente afanosa, aportar a la empresa pero sin rasgar nunca el techo de cristal, ser fiel a mi pareja, buena esposa, buena hija, buena contribuyente y una perfecta gilipollas inerte en su conjunto. Cumplir los plazos del banco y de mi desincronizado reloj biológico. En cambio ustedes, los lacayos del sistema y por ende de los invitados de lujo de Panamá, pueden avasallar mis derechos, aplastar mis sueños, dejarme sin servicio en mi fastuoso móvil que me permite hacer unos selfies imposibles pero que no me deja en cambio realizar ni recibir ninguna llamada. Ironías de la vida 2.0, ¿o en qué versión vamos ya? Da igual… ¡Los selfies son mentira! ¡Los selfies son los padres! ¡Tengo casi 30 años y he perdido el rumbo y mi portfolio! ¡Mierda! Soy una vulgar voyeur del Facebook, Instagram y otras drogas… Lo admito, me deprimo cada vez que veo cómo les sonríe la vida a todo este atajo de supuestos ‘amigos’, con esas fotos precocinadas cual exclusiva del ¡Hola!. Es todo mentira y cartón-piedra, lo sé… Pero aún así me deprimen sus vidas –aparentemente- felices las 24 horas del día… ¡Necesito un plan de márketing urgente, lo sé! ¡Pero ni siquiera me funciona el móvil! Soy una paria digital, ¡aléjense de mí! ¡Aléjense! ¡Atrás! ¡Atrás!!!

En ese momento, la alarma de incendios salta emitiendo un ruidito irrisorio. Admiro la delicadeza zen a la hora de comunicarte que la cosa se está poniendo fea. Unos hombretones de seguridad con cara de muy pocos amigos me llevan a rastras, uno de cada brazo. Me siento extrañamente deseada. Mantengo mi cigarrillo, ya empapado, en la boca, cual camionera justiciera tipo Erin Brokovich pero con menos glamour.

En un insólito momento de lucidez y perfecto timing, finjo un desmayo para ganar tiempo y estirar mis quince minutos de bochornosa fama. Llaman a la ambulancia y no –de momento- a la policía. Me siento orgullosa de mi vandalismo de guante blanco. Los astros se alían y un par de críos aprovechan mi arrebato de miseria en 3D para hacerse con unos suculentos gadgets del local. Los de seguridad están abrumados por lo caótico de la situación y a mí me cuesta mantener mi pose de pseudodesmayada, porque me entra la risa y quiero ver cómo se las apañan los regordetes vigilantes para pillar a los ávidos ladronzuelos sin fronteras. Mientras tanto, los iAsistentes hablan taciturnos entre ellos por walkie-talkies, pese a estar a un paso de distancia los unos de los otros. Frikis.

Entonces, un rayo de lucidez  me atraviesa y me llena de gracia.

  • ¡Iphones gratis!!!!- chillo con todas mis fuerzas a las masas, que comienzan a agolparse a su paso por la tienda, morbosos de espectáculo dantesco y gratuito. En ese momento, la tragedia que se mascaba desde el minuto uno adquiere tintes negros y proporciones épicas y las masas nos arrollan cual tsunami imparable, ávidos de Iphones.

Oh, Dios mío, he creado un monstruo.

Espera, no, yo no he sido.

Los de Seguridad se dan cuenta ahora de que sus walkie-talkies no funcionan e, ironías de la vida, no hay cobertura dentro de la tienda para pedir refuerzos por teléfono. “¡Siri, sácame de aquí!!”. Salen corriendo despavoridos. Dejan el barco sin timón. Cobardes. Mucho esteroide y a la hora de la verdad, ¿qué? Mira esa señora de avanzadísima edad, curtida en las penurias de la vida, robando Dios sabe qué aparato para hacer Dios sabe qué. Pero ahí está, peleando por lo que no es suyo. Con uñas y dientes postizos. ¡Claro que sí! ¡Chúpate esa, Siri!

Fingir mi desmayo ya no tiene sentido por lo que vuelvo a mi posición inicial, sentada en la barra del Genius Bar.

Viendo la vida pasar.

– Un iWhisky, por favor. Dime barbudo circunspecto, ¿ya tienes planes para este viernes noche?

*Amaia Santana (Santurtzi, 1984) es periodista

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