‘En busca de la gacela Thomson’, por Amaia Santana

AMAIA SANTANA 1

Amaia Santana

· Amaia Santana (Santurtzi, 1984) es periodista

Viernes

Media hora conduciendo y el GPS sigue localizando satélites en vano. Me recomienda que continúe, así, a lo loco, por “carretera sin asfaltar”. Claro que sí. Al poco tiempo, el mar infinito se descubre ante el asfalto y suspiro. Necesito al mar cerca para que me recuerde que (casi) siempre hay una salida. Y una carretera sin asfaltar por la que lanzarse a ver qué pasa.

Las condiciones son óptimas, así que voy a correr. Y si no lo son, también voy a correr. La brisa del mar y una terapéutica y demoledora banda sonora me brindan pensamientos de coach de andar por casa y me vengo arriba: “¡Porque sólo hay una manera de superar la tormenta: atravesándola! ¡Yeeeeeiii!”, intento espabilarme mentalmente. Subo el volumen.

Mierda. Peaje. Freno.

Sábado

  • ¿Y tú, qué haces? Aún no me has dicho nada de ti.
  • Hago kilómetros por amor, básicamente.

Los efluvios de la noche te obsequian a veces con curiosos personajes que al día siguiente no sabes muy bien si fueron mera ciencia-ficción o fruto de tu trasnochada imaginación.

Cooperación en Senegal, gráciles gacelas Thomson que escapan a tu raciocinio, corazones de niños enfermos en la palma de la mano, damiselas guerreras y vengativas, personajes infames, glamour de barra de bar, gente que ríe, gente que llora, gente que roba, gente que escribe en blocs (que no en blogs, con g). Permisos del psiquiátrico y las bisagras semioxidadas de una revolución cotidiana.

Todo puede ocurrir en el microcosmos reducido de un bar. La vida, ah, la puta vida.

Domingo

  • ¡Pero cómo tienes de mosquitos la luna! ¡Hay que ver!
  • Sí, ahora iba a limpiarlo un poco…
  • De eso nada, ¡faltaría más! Mis clientes no trabajan. Yo lo limpio.

Esto es lo más cerca que me voy a sentir de ser una rock star. Mientras observo cómo limpia con afanosa habilidad mi luna llena de cadáveres chupópteros, algunos de ellos absurdamente viscosos, pienso en ti. ¡Claro que pienso en ti, joder! ¿Qué esperabas? No sé qué me pesa más: si tu ausencia, el recuerdo o lo insustancial de este trance eterno.

Me pregunto, asimismo, quién miente en esta historia: la intuición, la palabra, tus manos.

  • El gato montés… ¡Que no es el lince, digo, pero que al menos tenemos al gato montés!

El gasolinero afable insiste en mantener una conversación en torno a especies en peligro de extinción, a colación de los mosquitos muertos, deduzco. Miro en derredor y observo que no hay mucho tráfico por aquí, ni siquiera de camioneros. Así que no es de extrañar que el hombre quiera hablar del gato montés. Pero no siento que tenga mucho que aportar al respecto:

  • Pues sí, siempre nos quedará el gato montés, ¡esperemos!
  • Bueno, esto ya está.
  • ¡Muchas gracias!

Al pagar, intento que la cajera me acumule puntos con la tarjeta sanitaria. Le puede pasar a cualquiera. Tomó café E+10 y me dirijo de nuevo al auto, a acumular más mosquitos en la luna.

Un gato, entiendo que no-montés, me espera en el lado del copiloto. Nos miramos. Nos decimos “¿Hola?” con la mente. A medida que me acerco se aleja, desconfiado, sin apartarme la mirada. Parece como si me dijera:

  • Aún no has llegado a tu destino.

Y desaparece.

Y yo también.

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