‘Serafines de resplandor y tinta’, por Anisia Serendipia

Anisia

Anisia Serendipia

Las obras son ecos que conservan en el tiempo, para el oído hermano, la voz sorda de la luz_ La muestra Oihartzunak-Resonancias reúne en el Palacio Etxezarreta de Durango 18 piezas de obra gráfica de Eduardo Chillida pertenecientes a la colección del Museo de Arte e Historia con otras 9  prestadas por la Fundación Chillida-Belzunce y el Museo Chillida Leku para esta exposición, comisariada con la sutileza de David Pavo e Iker Pérez. La podrán disfrutar hasta el 11 de marzo.

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_MIS OJOS, QUE CODICIAN COSAS BELLAS_ Yo tengo tendencia hacia la mar. Uno de los millones de misterios que tiene la mar y donde quizá es más sorprendente su poder, es donde deja de ser la mar. Todas las cosas se hacen importantes en los bordes, en los límites, fuera, cuando las cosas dejan de ser. En los fuertes y fronteras, que dice San Juan de la Cruz. Así se manifestaba en “Elogio del horizonte. Conversaciones con Eduardo Chillida”. Denominado por algunos como el forjador de vacíos, su obra gráfica también muestra esa tremenda preocupación por las formas resultando, para este desocupador del espacio, tan importante la ausencia como la presencia. “Espacio”. Espacio es esencialmente aquello a lo que se ha hecho espacio, lo que se ha dejado entrar en sus fronteras, escribe Heidegger en “El arte y el espacio”, publicación con obras de Chillida.

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Extraigo de “La montaña vacía: del despertar al sueño” el siguiente texto: Creo que mirar es una cosa y ver es otra. Mirar es intentar ver. Normalmente ver es muy difícil. Sé que en el interior de las cosas que estoy mirando hay una gran cantidad de cosas que soy incapaz de ver pero que existen”. La montaña vacía es, desde mucho antes de que se despertase ese sueño en Chillida, el primer verso de uno de los poemas más conocidos del poeta y pintor del siglo VIII Wang Wei: Montaña vacía. No se ve a nadie. Se escucha tan solo el eco de las voces humanas… Aunque hablan de “vacios” diferentes, la idea de la Montaña vacía nació para Chillida también de un verso: lo profundo es el aire. Y aquí, en este espacio de arte, el sueño late en blanco y negro laberintos, quedando el hueco de la danza sobre las últimas cenizas de la tarde.

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Frente al ancho crepúsculo de invierno, a través de las ventanas, miro lo profundo del aire y la montaña, miro esa maravilla de piedra fría y solitaria y veo el musgo, escucho el parlamento de los pájaros, quisiera oír un latido, y a los insectos de la noche conversando con la estrella lejana. Al mismo Buda poeta veo arrodillado en su cabaña realizando sus experimentos poéticos a través de Eduardo: quinientos serafines de resplandor y tinta. El vacío no es la nada. Tampoco es carencia alguna, escribía el filósofo Martin Heidegger (perdóname Anita Frank por mentarlo en este día en el que se conmemora el Día Internacional en memoria de las víctimas del  Holocausto).

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Luchando bajo el peso de la sombra, un manantial cantaba. Yo me acerqué para escuchar su canto, pero mi corazón no entiende nada. ¿Quién pudiera entender los manantiales, el secreto del agua, ese cantar oculto a todas las miradas. Para hacerlas luz, suplicaba Lorca hace 100 años, ¡dame oídos que entiendan a las aguas!

_El arte y el (polisémico) espacio_ Las obras de reforma lo han mantenido cerrado desde el verano, inaugurando en su reapertura la exposición Oihartzunak-Resonancias, muestra que ocupa dos espacios, alejados por este mismo, dentro del Museo. En la plata baja, las 9 obras prestadas a la exposición y en el segundo piso, las 18 pertenecientes a Durango. Después de visitar las cuatro plantas y mirar cuanto de espacio había, bajando la escalera me realizaba aquella famosa pregunta: qué salvaría “yo” del Museo en caso de incendio. Volvía de contemplar en las alturas un paisaje, oleo sobre lienzo del pintor nacido en Garai, Ramón de Zubiaurre: Durango (1902).  Y recordé aquella entrevista de Soler Serrano a Dalí, en el memorable espacio de televisión “A fondo” en la que el simpar artista contaba la siguiente anécdota: Una vez que fuimos con Jean Cocteau, que tenía mucho del esprit francés, del más rA-finado (y lo dice con A y con toda su afección), al Museo del Prado y al salir, en el Ritz había una rueda de prensa y preguntaron a Cocteau que si se hubiera quemado el Museo del Prado qué hubiera salvado, que se hubiera llevado. Yo ya vi lo que iba de decir, prosigue, porque era un plagio de una cosa de un griego y dijo, mirándome  a mi como diciendo esto Dali no puede hacerlo mejor, pues yo hubiera salvado “el fuego”, y se quedo mirándome. Entonces los periodistas ¿y usted señor Dali?. Entonces yo como soy un poco teatral, hice que reflexionaba un poco pero ya lo tenia pensado dije: pues Dali se llevaría nada menos que “el aire”. Y es-pe-ci-fi-ca-men-te el aire contenido en las Meninas de “Velasques” (dicho así), que es el aire de mejor calidad que existe. Y naturalmente, continua, como que el fuego no es un elemento pictorial y el aire es el protagonista de la pintura, Cocteau cogió dos pajas de cóctel y se las puso en forma de bigote, inclinando la cabeza (como haciendo a Dalí una reverencia). ¡Ay, Salvador Dalí! sería un insoportable pero siempre me hace reír tanto…

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Del sueño al despertar fluía, en lo profundo del aire de ese Durango de Zubiaurre, mientras me susurraba la voz sorda de la luz de un pequeño serafín de Eduardo, uno completamente blanco.

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Al salir ya era tarde, el paisaje y la tierra se perdieron, sólo el cielo quedaba, y escuché el débil ruido de los astros y el respirar de la montaña.

 

“La poesía, mi amor”
Y a otro le parecerá otra cosa 

· AnisiaSerendipia es licenciada en Filología Hispánica, documentalista y atesora estudios de Comisariado y Coordinación de Exposiciones. Es autora del blog del que toma su nombre: 

http://serendip-anisia.blogspot.com.es

      

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