VIAJAR CON VICENTE CARRASCO · El país de los Tohono O’odham, los cactus y los estadounidenses de Arizona

BIXEN

Vicente Carrasco ‘Bixen’

Para qué va uno a ir a Arizona sin disfrutar un poco del deporte-sufrimiento. Ya en abril las temperaturas llegan fácilmente a los 30 grados durante el día en el sur de Arizona (es el desierto y por la noche pueden caer por debajo de 10), así que a todo lo que el paisaje te tira encima hay que añadir el peso del agua que hay que llevar. Mucha agua. Cuatro litros por persona.

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Los pantalones largos no son tampoco una mala idea en un paraje donde hay todo tipo de cactus y uno en especial al que llaman “Teddybear Cactus”, el cactus osito, cuyas espinas son atraídas por la carga eléctrica de los cuerpos en movimiento creando el efecto de que el puñetero cactus parece que te ataca con misiles tierra-pierna. Hay que verlos a distancia porque son preciosos pero lo dicho, pantalones largos. Sin llegar al nivel del astronauta que vimos vestido como si fuera a trabajar en las colmenas, con guantes técnicos, polainas negras (a 30ºC) y unas botas con las que podría ir al Ártico sin problemas. Hay gente que está viva de milagro.

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La ruta hasta Finger Rock tiene un desnivel importante. Se arranca a unos 700 metros sobre el nivel del mar y se acaba por encima de los 2.200. El camino sube y sube y se va haciendo más escarpado constantemente. No siempre es fácil encontrarlo porque en Arizona la gente no marca los senderos amontonando piedrecitas, seguramente porque está prohibido.

También está prohibido en este lugar, el Pina Canyon, ir con perros para evitar molestias a los muflones y cabras monteses. Que haya ese tipo de animales salvajes da una idea de cómo es el terreno.  Es fundamental llevar bastón (o bastones, según sea uno de técnico), una cosa muy poco sueca que me empeño en seguir haciendo allá a donde voy y que en esos andurriales norteamericanos resultó ser un inmenso acierto porque esas cuestas hay que subirlas pero luego hay que bajarlas.

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Gran acierto también no llevar lentes grandes y pesadas para fotografiar pájaros. No las llevé por pura cobardía esperando (con todo fundamento) que bastante tendría con la cuesta y el sol cayendo a plomo sobre el cogote. La subida por la ladera opuesta del Pina Canyon a la que uno debería seguir para subir directamente a Finger Rock está a la sombra (bien), pero ambas rutas están catalogadas como nivel experto;  en muchos puntos se puede progresar a cuatro patas sin problemas. Pero no es esta la razón. El camino da para muchas cosas y una es charlar con la gente. La gente se para a hablar. En Suecia, salvo que estés en sitios realmente aislados (y no siempre) la gente generalmente no saluda y pararse a charlar es algo excepcionalmente raro. En Arizona todo el mundo saluda y en mitad del monte casi todo el mundo se para hablar un ratito, acaso por recuperar el resuello, acaso porque nos oían hablar en inglés uno con otro y no nos terminaban de ubicar.

Así conocimos a un señor que nos pareció bastante mayor con una mochila de por lo menos 90 litros, dos bastones, muy buenas botas y un paso muy lento. Cuando nos lo encontramos al bajar (porque en un cierto punto próximo a los 2.000 metros no vimos claro el camino y vimos clarísima la chicharra que nos iba a pillar de lleno en el camino de vuelta) nos dijo que se dedica a inventariar las especies en floración y las aves que se va encontrando.

Cuando nos vio subiendo había visto veinte y cuando nos lo encontramos al bajar la cuenta llegaba ya a sesenta y cinco especies en floración. Aves, por el contrario, muy pocas. Muy, muy pocas. Un par de pájaros por kilómetro de ascensión y en primavera, cuando más activos están porque es momento de buscar pareja, es desoladoramente pobre. Le pregunté si era por los pesticidas, como en Europa. Y estaba al tanto, pero por desgracia no es eso. Esos pesticidas están prohibidos en muchos estados de EEUU, pero en Arizona es la sequía que les castiga desde 2008 la responsable de la caída del número de aves en un 90%. Casi no hay.

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Tuvimos la suerte de ver un colibrí, enorme (para ser un colibrí) y solitario, pero no le pudimos decir la especie. Una vez más nuestros acentos (totalmente distintos, pero claramente no locales) nos delataron y comprobamos una vez más que Suecia tiene buena reputación. Nos contó que lleva más de 30 años haciendo esta misma ruta, inventariando especies, viendo los cambios a largo plazo, pasito a paso. Me recordó la testarudez de mis amigos subiendo a Gorbea casi siempre desde Murua, una y otra vez, primavera, verano u otoño. Siempre la misma ruta, siempre diferente. La fraternidad entre testarudos, la obstinación de visitar siempre lo mismo porque siempre es diferente.

Una chica joven, equipada para la carrera de montaña, nos preguntó en francés mientras nos adelantaba con el paso de una mula ligera si éramos de Québec. Y otro señor que encontramos subiendo mientras ya bajábamos, si éramos de México. Se nos hizo rara la pregunta teniendo los codos más blancos que se hayan visto al oeste del río Pecos, pero así son las cosas.

Este buen hombre subía bien equipado pero venía sufriendo, acaso porque había empezado tarde. Le dijimos que aquí sufrimos todos pero habíamos visto a uno muy mayor con una mochila gigante que parecía llevarlo mejor que todos nosotros juntos. Se alegró mucho y nos dijo “ah, ese tiene que ser Dave. Vengo los lunes porque sé que es el día que sube Dave hasta Finger Rock”.

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La regularidad de Dave parece ser una institución entre los amantes de aquellos parajes, su conocimiento de la fauna y la flora y de ese terreno tras miles de ascensiones. Ahora sólo sube los lunes, pero no siempre ha sido así. “Una vez tuvimos que rescatarlo en helicóptero” nos dijo este hombre “se reventó una rodilla, el pie estaba vuelto para el otro lado”.  Pero ahí estaba otra vez.  75 años de edad. Una vez, en los 90, al llegar a la cumbre se encontró a un grupo de austríacos bebiendo champagne para celebrar los 85 años de edad de uno de los presentes. Ese es su objetivo, llegar a los 85 y seguir pateando esos caminos que tanto quiere. Ahora soy yo quien quiere llegar a los 85 o a los 75 tal y como está él y poder hacer esas cosas. Empezar a andar a las seis de la mañana, hacer cumbre y volver a casa hacia la medianoche. Ni por hacer deporte, ni por competir con nadie, solamente para ver cómo a una cierta altura los cactus desaparecen y empiezan los árboles. Ver esos líquenes creciendo en el desierto, a la sombra de una roca donde crecen también unos helechos casi peludos, como de terciopelo. A 2.000 metros de altitud, en pleno desierto de Sonora. Todas esas florecillas, todos esos pájaros que quizás volverán.

Como nota al margen sobre estos “austríacos”, en Arizona hubo campos de prisioneros de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. A finales de 1944 hubo una fuga en la que 25 alemanes, casi todos de la Marina de Guerra, se escaparon del campo de prisioneros Papago. Todos fueron recapturados, pero varios de ellos casi llegaron a la frontera con México. Ahí lo dejo.

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Donde sí vimos pájaros hasta hartarnos fue en la reserva de San Xavier, que es uno de los sitios del sur de Arizona donde uno se puede encontrar viviendo a los Tohono O’odham, que en su lengua, O’odham, significa “el pueblo del desierto”. Los Tohono O’odham fueron llamados “Papago” durante siglos porque los Pina, un pueblo rival, los llamaban así. Papago en la lengua Pina significa Comealubias.

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La reserva es una entre tantas donde la población autóctona fue arrinconada, en algunos casos tras sufrir genocidio y deportación a secarrales casi inhabitables. Los Tohono O’odham lograron permanecer más o menos en el mismo sitio.

En la reserva está la Misión de San Xavier del Bar,  una iglesia católica/fortín que cualquiera que haya visto por dentro una iglesia algo antigua (siglo XVII-XVIII) del centro o sur de España reconocerá como muy familiar. Hay multitud de historias y películas basadas en las aventuras de los pioneros, los conquistadores y los pobladores de esta zona.  Baste decir que el fundador de esta misión, el padre Kino, era un italiano jesuita ferozmente contrario a la esclavitud y los trabajos forzados impuestos a la población local y en las estatuas (muy bonitas y muy pequeñas) que le representan está montado a caballo, con un sombrero de cowboy y toda la pinta de ser de los que tumbaban una mula (por no hablar de un tonto o dos) de un bofetón.

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Los Tohono O’odham tienen un bar muy chiquitito y acogedor donde no nos pudimos terminar los descomunales panqueques y desde cuya ventana nos quedamos asombrados con la cantidad de pájaros que tienen allí. Las casas que vimos la verdad es que tenían alrededor un montón de chatarra por ahí de cualquier manera, sillones viejos, lavadoras y hasta coches desguazados, pero en la placita que se ve desde el ventanal del bar los árboles y los cactus están llenos de pájaros.

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Los baños del bar, fuera del bar mismo, están rotulados en su lengua, luego la lengua del imperio anterior y luego la del imperio actual.

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La tienda de recuerdos de recuerdos, artesanía y objetos religiosos (porque esta gente, con todas sus tradiciones relacionadas con su religión anterior, son mas católicos que el papa) tiene desde atrapasueños (hechos en la enorme reserva Navajo al norte del estado) a pebeteros, tiene plata, hueso, madera, pelo, un montón de camisetas con unas serigrafías fantásticas, los animales del desierto representados en todo tipo de materiales y para todo tipo de usos, algo de religión, algo de historia y sí, una gramática de la lengua O’odham.

Le pregunto al más mayor de los trabajadores de la tienda si la lengua sigue viva. Se ríe como si le hubiera preguntado si el sol sale por las mañanas también allí. Me dice que los niños de la reserva estudian en O’odham durante la enseñanza primaria y se estudia en la universidad. Supongo que en algún momento de su vida vio como cierta la desaparición de su lengua y ahora, con libros, escuelas de Primaria y unas pocas decenas de miles de hablantes nativos a ambos lados de la frontera con México, el panorama no es tan negro.

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Le dije que eso eran excelentes noticias pero no le dije por qué, que bastantes blanquitos bien pensantes irán ahí a contar su película. En lugar de artesanías compramos alubias. El pueblo Tohono O’odham lleva cultivando y teniendo alubias blancas como base de la dieta desde muchos siglos antes de la llegada de los europeos, antes de ser Nueva España, luego México, luego el territorio de Arizona y desde hace poco más de 100 años el estado de Arizona. El más joven de los trabajadores de la tienda nos dijo que esas alubias casi no necesitan nada más, son algo maravilloso. “Loco”, dijo, en castellano. Aquello sigue siendo territorio de frontera.

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Cerca la puerta de la tienda, junto a un puntal bien sólido, hay una piscinita  rebosante de agua corriente donde el sol de la mañana tarda en llegar; ahí los pájaros pueden bañarse de forma más o menos segura al no estar en el suelo mismo. Uno de los trabajadores de la tienda me dijo que la semana anterior tuvieron un visitante ilustre por lo inusual, un cardenal, y su alegría al contarlo es la del que sabe valorar el regalo efímero y maravilloso de la visita que tal y como viene se va.

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