‘Niños en la Prisión de mujeres de Durango’, por José Ángel Orobio-Urrutia

POR José Angel Orobio-Urrutia

· Responsable de Durangoko Udal Artxiboa

 

En el Pleno del Ayuntamiento del día 11 de agosto de 1937 se acuerda con Sor Filomena Rogues, en representación de las Damas de Nevers, la cesión de la casa-colegio de “las Francesas” y sus dependencias para el alojamiento temporal de los prisioneros de guerra que se emplearán en los trabajos de reconstrucción de la villa. Pocos días después las monjas abandonan el convento con destino a Francia. Hasta finales de 1938 en que dejan la villa, los prisioneros tienen que asumir las tareas de desescombro de los edificios afectados por el bombardeo y de las obras de reconstrucción de los mismos, aunque, principalmente, de la Iglesia y el pórtico de Santa María.

Archivo Gerediaga - Foto Germán Zorraquín

Mujeres y sus niñas y niños en la puerta de la antigua cárcel de Durango. PHOTO Germán Zorraquín (Archivo Gerediaga Elkartea)

El día 30 de diciembre de 1939 llega a Durango el primer convoy de 350 presas procedentes de la prisión de Las Ventas, en Madrid, que se encontraba saturada tras la finalización de la guerra. Algunas de ellas vienen con sus hijos ya que no han tenido con quien dejarlos cuando han sido detenidas y otras vienen embarazadas (alguna presa cuenta que motivado el embarazo porque la violaron en comisaría). Había presas políticas, pero también prostitutas y ladronas que compartían espacio a veces a regañadientes

El colegio de las Francesas fue cárcel de mujeres durante el año 1940 y no se conoce con exactitud el número de presas que llegaron a estar en Durango (alguno de los testimonios habla de dos mil mujeres).

Las condiciones higiénicas del convento eran pésimas. Las presas se quejan, sobre todo, del hacinamiento, del frío y de la comida escasa y de malísima calidad. Según cuenta Carlos Fonseca en el libro que escribió sobre Rosario Dinamitera “el mayor problema era el agua. La daban sólo tres horas al día, que las internas aprovechaban para recogerla en todo tipo de recipientes de los que bebían, se lavaban y utilizaban en los váteres. La comida era también infame. La mayoría de los días, arroz hervido durante horas para que los granos adquiriesen más volumen y formasen una masa”. Tienen que convivir docenas de mujeres en una sola habitación, durmiendo en el suelo y con muy escasos retretes y lavabos. Desde el mes de marzo (las presas llevaban ya tres meses en Durango) existen problemas con el saneamiento de la prisión. En abril, el jefe de la prisión comunica que está esperando una orden de la Dirección General de Prisiones para hacer las obras de saneamiento y todavía en septiembre no se han realizado esas obras y se han dado varios casos de “tifoideas”.

La situación de los niños en las Francesas es espantosa. Según relata la presa Nieves Waldemar Santisteban, “las madres estábamos separadas con nuestros hijos, puesto que habían varias, en una habitación que tendría catorce metros cuadrados donde había un water estrictamente para nosotras; durmiendo éramos una masa de niños y mujeres, lo que tenía uno, el otro lo cogía; granos, sarna, todas esas enfermedades que se contagiaban por la aglomeración en que nos tenían. Estábamos, como digo, en una habitación que había solamente un water, donde convivíamos casi con porquería”. Cuenta, además como gran “privilegio” que no las encerraban coma a las demás presas y que les dejaban salir al patio a coger agua y lavar a los niños.

Colegio de las Francesas - Durangoko Udal Artxiboa

Villa María, ‘Colegio de las Francesas’ · PHOTO · Durangoko Udal Artxiboa

Una orden ministerial emitida en marzo de ese año limitaba a los tres años la edad máxima hasta la que los niños podían convivir con sus madres en prisión. El resto debían ser entregados a otros familiares y, en caso de que éstos no pudieran hacerse cargo de ellos, ingresados en un hospicio. Muchas de las mujeres, presas políticas, tenían a sus familiares muertos o encarcelados, la mayoría provenían de Castilla y Andalucía y no tenían con quien dejar a esos niños. Según relatan las propias presas “la gente de Durango se portó muy bien; vinieron a hablar con el Director de la cárcel y le dijeron que los niños se los llevaban a sus casas hasta que sus familias vinieran a recogerlas, y sacaron a todos los mayores de dos años; incluso alguno no había cumplido los dos años, pero merecía la pena aprovechar la ocasión de que aquella gente buena quería ayudarnos. Aquellas gentes los vistieron y bien y los alimentaron muy bien. Les llevaban el día de la comunicación a ver a sus madres, hasta que poco a poco fueron desapareciendo del pueblo porque las familias o amigos venían a buscarlos. Creo que alguno quedó por aquellas tierras porque no tenían a nadie, porque la familia estaba en la cárcel y nadie había podido ir a buscarles, pero de todas formas siempre estuvieron en contacto con su madre” [en la fotografía se pueden ver a presas con sus hijos, algunas mujeres de Durango, y autoridades locales en la entrada del colegio].

“Los niños pequeños que quedaron con sus madres lo pasaban mal; sólo tenían el rancho igual que cada recluso, sin más leche, sin nada más; al poco tiempo se murieron dos […] los vecinos del pueblo pasaban algunos cántaros de leche y los repartían entre las madres; esto no se tuvo que agradecer a la Dirección de la prisión, sino al gesto hermoso y humano del pueblo de Durango.

Durangoko Udal Artxiboa

PHOTO · Durangoko Udal Artxiboa

Para agravar más la situación se declaró una epidemia de “encefalitis letárgica”. Los niños que un día jugaban alegremente al siguiente empezaban a adormilarse y ya no despertaban entre los gritos desgarrados de sus madres. [En el libro de exhumaciones que se encuentra en el Archivo Municipal se encuentran seis casos de niños, enterrados en la calle Santo Tomás del Cementerio (ignoro porqué razón, en algún caso, como causa del fallecimiento figura “bejez”)]

A finales de 1940 el Estado acuerda la devolución del Convento de Nevers a sus propietarias que llevaban varios meses reclamandolo para volcerlo a dedicar a la enseñanza, como había sido hasta julio de 1936. El cierre de la prisión de Durango los últimos días de diciembre de 1940 obliga a trasladar a las presas a lugares cercanos a la villa, sobre todo a Orúe en Amorebieta, Santander y la cárcel más conocida de Saturrarán.

El año que viene se cumplirá el 80 aniversario de esta prisión. Podría ser un buen momento para volver a recordar y homenajear a aquellas luchadoras.

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