Hoy, en el 83 triste aniversario de la entrada franquista en Amorebieta, recordamos la vida de Marina García

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Iban Gorriti

Hoy se cumplen 83 años de la triste entrada de las tropas golpistas, es decir el bando antidemócrata, en Amorebieta-Etxano durante la calificada como Guerra Civil. Aconteció el 18 de mayo de 1937. Para no olvidarlo, desde Mugalari queremos recordar a una zornotzarra que conocimos y a la que echamos en falta a menudo. Podría haber sido otra, pero hoy recordamos a la represaliada Marina García. Su historia pone los pelos de punta. Nuestra amiga falleció en 2012. El texto que puedes leer a continuación está escrito entonces, hace ocho años como despedida.

marina garcía Amorebieta IBAN GORRITI

Marina Garcia portaba orgullosa la foto de su madre en su hogar de Amorebieta-Etxano. © Iban Gorriti

Con un seis y un cuatro, Marina, hoy escribo tu retrato. No me hubiera gustado hacerlo nunca. Lo sabes. Es más, ahora mismo mientras tecleo, escucho tu voz. Grabamos las últimas conversaciones juntos. Con un seis y un cuatro, boceto tu retrato. Con un seis como ese cuerpo tuyo que tanto sufrió pero con el cuello mirando hacia arriba, para seguir adelante. Y con un cuatro, como una silla, la que quisiste ser para hacer la vida más cómoda a los tuyos y en recuerdo también de tu madre, tu padre y aquella chica, María, que como si la vida le fuera en el intento os educó en tiempos tan míseros de franquismo, cuando tú misma, conociste aquella cárcel de mujeres de Amorebieta.

He tenido la suerte, la gran dicha, de conocerte: Amable infinita, de atenta mirada, con un elegante saber escuchar, propio de, por desgracia, tan pocas personas. Te hice entrega semanas atrás de dos libros: Marina y una guía de Pontevedra, ciudad donde naciste pero que no llegaste a conocer. Al menos sí en fotos, con sonrisa correspondida.

Hoy solo te escribo a ti. ¿Cómo hacerte llegar esta página? Quizás alguien la lea y te lo cuente en otro viaje. Merece “que se sepa”, como decías con ese talante educado del que hacías gala y luches aquí, una vez más, contra los franquistas, los que tanto daño os hicieron, con cárcel y haciendo fusilar a tu padre. Me enseñaste la carta que os escribió dos horas antes de ir al paredón. La guardabas con vida.

Hermana muerta atropellada

Transcurría 1939. Tu madre y padre trataban de recuperar la alegría después de que el 9 de abril de 1937 un conductor ebrio atropellara a una de tus hermanas causándole la muerte. Residíais en Villar de Chinchilla, Albacete. Mamá, madrileña, era maestra de escuela. Papá, toledano, trabajaba en Correos. Pero la cotidianidad se os tiñó de tragedia cuando aquella familia de panaderos del pueblo os denunció. “Por envidias y por ser socialistas”, resumías desde los barrotes de tu memoria.

Condujeron al matrimonio al penal de Chinchilla. Con tu madre, encarcelaban también a tu hermano recién nacido, Crescencio. La joven acogida por vuestra familia, María, se hizo cargo de tres hijos, entre ellos, tú, Marina. Le estuviste agradecida siempre. Hizo todo y más de lo que se puede publicar por quienes no erais sus hijos.

En plena Guerra Civil, las noticias se os tornaban cada vez más negras. Antes de que el fascismo encarcelara a tu madre, ella te hizo una confidencia que no comprendiste por la edad. Te dijo que estaba “contenta” porque le habían condenado a 30 años y 1 día de cárcel. “¡Me han conmutado la pena de muerte!”, te exclamó. Lunas después, con ambos encarcelados, la cuidadora recibió una cruel notificación avisando de que los franquistas iban a fusilar a tu padre sin haber sido juzgado, con saña, para que presenciaran la ejecución. Tu familia decidió no acudir.

El fusilamiento se cumplió el 18 de mayo de 1939. El mismo día, dos años antes, Amorebieta había sufrido la entrada de los golpistas, municipio al que los militares destinarían, de forma paradójica, a tu madre presa. “¡No puedo decir todo lo que he sufrido!”, confesabas a quien te quería escuchar.

Tu amatxo sobrevivió también a Saturraran y El Carmelo, cárcel de Amorebieta, adonde María no dudó en desplazarse con vosotros. La chica guardó las joyas familiares y las fue vendiendo para poder daros de comer. Tardasteis en llegar al pueblo tres días en trenes de mercancía. Una vez aquí, la joven tuvo que hacerse cargo también del hijo menor que se lo arrebataron a tu madre “por cumplir el destete”.

Marina Rodríguez Amorebieta Memoria Histórica

Marina Rodrúguez. © Iban Gorriti (mugalari.info)

Días en Amorebieta y Ondarroa

Marina, tú decías que tuviste “suerte”. Caíste en gracia en dos familias: una de Amorebieta y otra de Ondarroa que quisieron hacerse cargo de ti. La primera sufragó tu internado en Santurtzi y la segunda -¿recuerdas?- te trasladaba en verano cerca de tu madre cuando estaba presa en Saturraran. Te llevaban al alto de la carretera entre Ondarroa y Motriku y veías cómo tu madre nadaba en el mar.

En Santurtzi, las Hijas de la Cruz te prohibían decir que tu madre estaba en la cárcel con las carmelitas, que entonces, eran unas monjas “muy rectas”. No así el también carmelita padre Leandro. Transcribo tu testimonio: “Al ser casi todas las presas analfabetas, mi madre era la directora del cuadro artístico que había y el padre Leandro confiaba mucho en ella. Solíamos ir a visitarle. Había una verja ante nosotros y otra ante ella, con una monja en medio. En una ocasión, pudimos entrar y ver su petate con un colchoncito enroscado y donde dormían hacinadas muchas juntas”.

La mayor alegría de las dos Marinas -heredaste de ella tu nombre- fue cuando, estando en Santurtzi, liberaron a tu madre. A ti, el médico te había diagnosticado la “enfermedad de la tristeza”, como se denominaba entonces a la depresión. Pero ahí sanaste, volviste a sonreír: “¡Fue la cosa más grande del mundo para mí! Ese mismo día me fui. Yo solo quería estar con ella”. Los franquistas os privaron de tres viviendas, pero tu madre recuperó su plaza de maestra, esta vez en Ea.

Hasta el martes, día mundial de lucha trabajadora, Amorebieta ha sido tu pueblo que no cambiabas “por nada”. Te escribo desde la terrible distancia, aunque escuchando tu voz con fuerzas hablando de un amigo que también luchó por la democracia, por ser libre, por la dignidad que os negaron un día. Acabo de oírte decir: “¡Ojalá me pusiera buena y me hicieras otro reportaje!”. Aquí sigo, con un seis y un cuatro. Para mí también fuiste silla, Marina. Gracias.

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