I · Triki, el refugiado durangués que participó en la odisea en lancha de Baiona a Venezuela de 1939

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Hay odiseas que si se piensan demasiado quizás nunca lleguen a materializarse. Hay una histórica que merece la pena traer al siglo XXI. El pasado domingo, día 6, se cumplieron 82 años de una epopeya lograda por un total de dieciséis exiliados vascos que cinco meses después de acabada la Guerra Civil embarcaron en Baiona en dos lanchas de la época y cruzaron todo el océano Atlántico y consiguieron atracar en un puerto de Venezuela llamado La Guaira. Surcaron más 7.000 kilómetros y lo llevaron a cabo ondeando una única bandera en sus popas: la ikurriña. Eran refugiados, como los que buscan tierra en paz y progreso día a día llegando a las costas. Uno de ellos fue Ricardo de Azpiritxaga Triki, superviviente del bombardeo fascista contra Durango de 1937.

TRIKI RICARDO DE AZPIRITXAGA

Ricardo de Azpiritxaga. EGIN

A día de hoy, se conoce quiénes fueron las dieciséis personas que protagonizaron este periplo. A cada pequeño barco se subieron en el puerto labortano ocho. En el llamado Donibane, viajaron con el mundakarra Pedro Ruiz de Loaizaga como capitán. Junto a él los ondarruarras Mosé Bedialauneta y Pedro de Bernedo, el mutrikuarra León Aguirregomezcorta, el bediarra Fernando de Echegoyen, el lekeitiarra Ramón Koskorrotza, el guipuzcoano de Getaria Silvestre de Isasti y un componente más del que no se conoce su origen Francisco Valdivieso.

La otra embarcación navegaba con Bigarrena como nombre rotulado. El capitán en este caso era de Mutriku: José María de Burgaña. Él y Emilio de la Hoz, de Getaria, eran los únicos guipuzcoanos de la lancha. El resto eran de Bizkaia. Cosme de Goitiz, de Lekeitio; José de Zabaleta, de Ondarroa; Ricardo de Azpiritxaga Triki, de Durango; y Joseba de Arriandiaga, de Elantxobe. Como curiosidad, la tripulación llevaba un “polizón” a bordo: Miguel Marina Barredo, de Bilbao, que se presentó al resto ya en alta mar. Se ha heredado la idea de que era amigo de Echegoyen.

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Las dos embarcaciones.

“Era gente conocida de la época de la costa, sobre todo, que protagonizaron una odisea del carajo. Atraviesan el Atlántico en dos lanchones, porque eso es lo que eran, que no tenían ni las dimensiones de un barco. Gracias a ello rehicieron su vida lejos del franquismo en el exilio venezolano”, valora el histórico político jeltzale Iñaki Anasagasti.

Nietos de uno de los tripulantes, de Ricardo de Azpiritxaga, se muestran “orgullosos” por la labor que hicieron aquellos exiliados antifranquistas que viajaron de Baiona a Senegal y de allí a Venezuela. “Pensando en lo que hicieron se me erizan los vellos. Me pongo hasta sentimental, más cuando pienso que la historia es cíclica, que hoy nuestros familiares se están exiliando de aquí, de Venezuela, como lo hicieron nuestros aitonas”, subraya Ibane Azpiritxaga, a quien pusieron su nombre en recuerdo de aquel barco llamado Donibane, y quien ostenta en la actualidad el cargo de presidente del Centro Vasco de Caracas.

6 de septiembre de 1939

El capitán Burgaña, del Bigarrena, escribió los detalles del viaje, de la llegada al país venezolano. Aconteció el 6 de septiembre de 1939. Llegaron al puerto de Río Caribe, para un registro. “Como la capitanía portuaria no estaba en Río Caribe, sino en Carúpano, la persona encargada de hacer el despacho viajó en coche hasta allí para hacer el registro”, matizaba.

Solicitaron hacer saber a la Delegación Vasca de Caracas su arribo a La Guaira el 8 al mediodía. “Pasamos temprano frente a Naiguatá y vimos a mucha gente en la playa. Como habíamos dicho que al mediodía tocaríamos el puerto de La Guaira, decidí esperar y hacer tiempo para que pasaran las dos horas de adelanto que teníamos. Fuimos en bote hasta la costa con el pretexto de tomar agua fresca”.

Burgaña se sorprendió de que nadie les preguntara nada. “¡Ni se extrañaban de nuestra presencia allí!”, enfatizaba. El capitán decidió informar a un muchacho que se estaba bañando sobre su proeza. “Hemos venido desde Europa. Y me preguntó que cómo llegamos hasta allí.  Al señalarle los dos barquitos me preguntó: “¿En esas vainas?”.

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Los refugiados.

El mensaje enviado desde Río Caribe fue entregado a la embajada española y acudieron al lugar diferentes personalidades. “Vinieron, junto con las autoridades venezolanas, el capitán del puerto, el jefe de inmigración, el médico de Sanidad y el cónsul de España en la localidad”.

Llegando al puerto, un vasco, “un tal Sarasola”, les comunicó en euskera que tuvieran cuidado con uno de los hombres que les venía a recibir. Matizado quién de ellos era, Burgaña “protestó la presencia del cónsul español, a quien no le permití el acceso a bordo de las lanchas”, subrayaba quien acabaría entrando a La Guaira con la ikurriña al aire.

Los nietos del durangués Azpiritxaga, ya fallecido, evocan diferentes pasajes de este viaje que su aitona relataba. “No hablaba a la familia sobre su pasado. De hecho, contaba más a los periodistas que a nosotros. Por una entrevista que le hizo Koldo San Sebastián supimos que fue capitán republicano, como anteriormente gudari del batallón Kirikiño o uno de los espías vascos de CIA en este país”, apuntan Julen e Ibane.

Limones para evitar el escorbuto

En el hogar de estos descendientes de aquel gudari que sobrevivió al bombardeo fascista contra Durango del 31 de marzo de 1937 siempre se ha recordado que el viaje tuvo Dakar como parada para repostar. “Tuvieron que dar más vuelta porque Canarias era franquista y Azores y Madeira del dictador Salazar…”, detallan. En el periplo sufrieron un susto porque la dinamo del motor de una de las embarcaciones se paró. “Nuestro aitona era electricista, había trabajado de ello en Durango, y logró arreglarlo”, explican y agregan que portaban limones “para evitar el escorbuto”.

Y las dos tripulaciones acabaron llegando al soñado destino. “Aitona decía que les recibieron muy bien, pero que según pasaba el día la cosa fue a peor al conocer que era exiliados y que aprovecharon la noche para irse”.

Y los “barcos gemelos de casco y costillas de madera” propulsados por un motor cada uno de 50 CV de potencia” –según un libro de Koldo San Sebastián- consiguieron llegar a América. “Él decía que llegó con una moneda de un franco y que la tiró al mar porque no le serviría para nada. Y comenzó su nueva vida con 20 bolívares que le dieron, sabiendo que iba a ser uno más acá en Venezuela”, detallan sus nietos quienes concluyen afirmando que “no estamos orgullosos de nuestro abuelo, sino orgullosísimos y nos identificamos con su pensamiento”.

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