2019: Que nos guíe la risa

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Estela Rey

· Estela Rey es profesora

Lloramos al nacer y, curiosamente alguna vez, llegamos a morir de risa. Y de risa, literalmente, moriríamos una y otra vez, si con ello pudiéramos escapar de la apatía, la desgracia y la injusticia. Sería la salida soñada para el alma atrapada en la soledad más profunda. Pero no, la risa no mata, alarga la vida, dicen. Para ello, se aconseja ejercitarla con constancia activando así hasta 400 músculos con el fin de vivir más y mejor. Parece una tarea fácil a la vez que remotamente lejana, dependiendo de nuestras circunstancias vitales y carácter.

La carcajada es esa invitada que aparece cuando menos se la espera y con la que te gustaría bailar toda la noche. La catarsis genuina y fugaz que sacude el cuerpo positivizando las cargas. Muchos pagan por ella, confiando en que los expertos la hagan aparecer como un buen truco de magia. Codiciada por tantos que la añoran y para otros, sin embargo, el hilo conductor de toda una vida, una especie de tirolina de la que sostenerse y por la que viajar atravesando la espesura, a veces muy oscura, del bosque.

En una memorable escena de Mary Poppins, ésta visitaba con los niños al tío Albert, quien tenía una afección que empeoraba cada año: la risa. Le encantaba reír alto,largo y claro. Cada vez que lo hacía, su cuerpo se elevaba y flotaba en el ambiente sin poder bajar salvo con la ayuda de un pensamiento triste. Además, su «enfermedad» era contagiosa, llevando a los niños a sumarse al té gravitando en el salón. Y es cierto, seguramente podemos pensar en risas que siempre encienden otras y van descompasadas hasta agotarse. Recuerdo las de una amiga en el cine cada vez que asomaba el protagonista – una versión moderna de un príncipe de cuento – vestido de manera ridícula. Cada instante en el que aparecía en pantalla, ella no podía reprimir el impulso. A medida que avanzaba la historia, más voces del público nos acompañaban en esos primeros planos del protagonista. Causa y efecto de Pavlov. Por unos minutos, se escondió pequeñita en la butaca hasta que todos abandonaran la sala.

La risa, asimismo, refleja numerosas facetas: nerviosa, impostada, tímida, traviesa, burlona, forzada, escandalosa, maquiavélica… Y, a menudo, encuentro más satisfacción en provocarla en otros que en vivirla en mí. Un golpe de efecto inesperado y, ¡bum!, estalla en la boca de alguien cercano cuando tocas la tecla exacta en el momento adecuado. Me pongo el traje de payasa invisible y actúo con alevosía casi a diario. Trato de ser de las que se sostienen de ese hilo, de la tirolina, cuando se atraviesan los momentos donde asalta el miedo tan humano a la pérdida, a la enfermedad, al desánimo. El humor trata de salvarnos; nos refugia de las inclemencias, y puede tornarse en disfraz sobre alguien que sufre como le ocurría al malogrado actor Robin Williams, quien parecía tomarse y beberse la vida como un juego, provocando la risa de los demás para acallar sus propios demonios. «Reír, por no llorar», decimos alguna vez, ¿verdad?

La risa es luz, nos hermana, y da fuerza para poder hacer frente al lado menos amable de la vida, las noticias del mundo, la desigualdad que se palpa en las calles. Reírse de uno mismo, regalar y despertar humor nos humaniza y acerca; una tarea aparentemente fácil a la par que remotamente lejana, como he dicho. Sé lo que es vestir mi mejor traje de payasa y no escuchar la risa de un corazón doliente, tocar todas las teclas sin que suene la música algunos días. Pero ante todo soy perseverante, y cuando la escucho, todo esfuerzo valió la pena. La luz se vuelve entonces deslumbrante.

Pronto se cierra este año y damos la bienvenida a 2019. No sabemos lo que nos deparará, pero deseo que todos y todas recibamos y regalemos humor para encarar una nueva etapa provistos de la mejor medicina. ¡Feliz 2019!

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