Aguante, Pititxu

BIXEN

Vicente Carrasco ‘Bixen’

He vivido en media docena de ciudades y he vivido en más de una docena de casas. En una de ellas, la que era para toda la vida, lleva diez años viviendo una familia que no es la mía. ¿Pareja para toda la vida? He tenido. Mejor no voy a enumerar porque no quiero ir ese sendero muy a menudo. Sigo batallando con la escasez de palabras de todos los idiomas al mismo tiempo para describir a la  que fue tu sobrina pero ya no lo es y a la que fue tu hija adoptiva y ahora no sé lo que es. Todo cambia y casi todo se puede perder, ir, romper, casi desaparecer. Pero tengo amigos de toda la vida que posiblemente acaben siendo para toda la vida.

Nunca se sabe pero ahí sigo, esperando lo mejor.

Y vivo con un gato. Un gato que ha estado conmigo en tres de esas ciudades, en seis de esas casas y muchas de esas parejas para toda vida.

Tampoco le quedaba otra porque es un gato de interior, pero ahí ha estado.

Lo adoptamos porque era un poco especial. Prefería juntarse con los humanos y eran los perros de la casa quienes lo mantenían limpio y calentito. Sus hermanos le pasaban por encima, no le dejaban agarrarse a la teta. Era el más pequeño de la camada, el único negro. Le gustaba quedarse dormido frente al fuego, a poder ser sobre la barriga de alguien. Si era alguien a quien no le gustan los gatos mucho mejor.

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Acabó convencido de que era un perro más, no salía a aprender a cazar pájaros y ratoncillos con su madre y sus hermanos. Pero llegó el momento en el que en los caseríos se aplica la ley de que ahí todo el mundo trabaja y quien no trabaja desaparece. 15 días aguantó como único superviviente de la camada, para total confusión de su madre (de nombre Pussy, para más señas), que posiblemente estaba preñada otra vez y había dado por perdido al alicate de su hijo el negro chiquitito y amigo de los humanos y los perros.

Hubo que convencer a mi novia de entonces, que siendo de caserío no veía bien el tener a un animal en un piso, pero a un piso acabó viniendo.

Aterrorizado todo el camino. Aterrorizado al salir del transportín. El amo de toda la casa dos horas después de llegar, tan pequeño él que no podía subir sólo al sofá para poder dormirse en la tripa de alguien que no aceptaba su presencia y cada día se quedaba dormida en el sofá después de cenar, exhausta con dos trabajos,  y cada vez se despertaba con un gato negro durmiendo sobre su plexo solar.

El gato en cuestión fue bautizado como Piti por un niño de 18 meses, así que lo mismo no era eso lo que le decía. Pero un gato negro llamado Piti me pareció perfecto porque “Pakean utzi arte” y el otro Piti murió un 18 de agosto, que es mi cumpleaños y el del gato también. Así que Piti.

Aunque era una gata, pero luego resultó que no.

Una noche que estaba ronroneando como era su obligación una de sus asistentes preguntó al otro:

– ¿Tú sabes si las gatas tienen clítoris?

El otro asistente tuvo que reconocer que no tenía ni idea, pero claramente en el bajo vientre aparecía en medio de todo aquél suave pelo negro un pequeño objeto de forma casi balística, rojo furioso, que quizás se trataba de un clítoris. Por qué no.

Cuando llevé a vacunar a Su Alteza el veterinario se rio a mandíbula batiente. Me hizo observar desde atrás al gato, en concreto esa bolsita que había aparecido justo debajo del ano. Luego me dijo que si me resultaba familiar.

Así que Piti fue registrado como varón con el nombre de Piti Ashler.

Como el barón Ashler, para perpetuar la memoria de lo txotxolos que éramos sus asistentes.

Muchas mudanzas después, después de no haber recibido reiki como su hermana en una escala parisina sino un poco más de valium en un aeropuerto alemán, después de haberse vuelto totalmente majara con los días sin fin de su primer verano nórdico, de haberse vuelto loco por salir a la nieve, tocarla e inmediatamente decidir que si quieres salir tú bien, pero él ni en broma; después de todas las cosas que han pasado a su alrededor y a él mismo, nuestro Pititxu está enfermo.

Ya ha sobrevivido a problemas renales y un problema de tiroides por el que estuvo una semana en el hospital, incluyendo 24 horas en la UCI y varias semanas convertido en El Gato Radioactivo. Pero ahora lleva meses enfermo y medicado a diario. A veces mejor, a veces peor, pero no dan con lo que es. Y sufre. Y a veces sangra. Incluso empezó a dormir en sitios raros, apartado de todo. Ahora siempre duerme pegado a mí. Viene a mí para que haga algo. Para que le ayude. Le pide ayuda a ese simio totalmente imprevisible que casi nunca entiende lo que quiere decir cuando le mea los periódicos, la ropa o le chilla lo que necesita. Pero tampoco le queda otra, así que me pide ayuda a mí.

El pasado domingo fui a urgencias con él para que le dieran algo porque estaba sufriendo y el dolor casi siempre es totalmente innecesario.

Le dije a la enfermera que llevamos meses con pruebas y más pruebas, que está sufriendo y que pedí por teléfono algo para el dolor y no me lo quisieron dar, así que allí me planté. Me preguntó por la edad del gato.

14 años, le dije.

– Claro, son muchos – dijo ella.

Al rato volvió con un formulario marrón (¡marrón!) y me dijo que ahí tenía que decidir si quería incinerarlo y qué hacer con las cenizas o con el cuerpo en caso necesario.

¡Nonononononononono! Le dije espantado.

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Humor, drama, humor. Siempre es igual. La enfermera se ruborizó con tal intensidad que pensé que iba a tener un ictus y no me cabe la menor duda de que va a estar roja hasta la primavera. A la gente muy pálida se le nota mucho y aquí estamos pálidos todos.

No pude más que reír de buena gana.  Me pidió perdón 20 veces, pero yo le di las gracias porque si necesitaba algo en ese momento era echarme unas risas. Y un veterinario. Las risas ya las tenemos, porque se acabó riendo hasta ella, ahora quiero un veterinario. Y un veterinario tuve casi sin esperar.

Me dieron analgésicos (de los buenos, según mi experto de cabecera en opiáceos) y otra cita para más pruebas tres días después. Le han tomado muestras de piel, de orina, de tejido del hígado y del bazo, le han hecho radiografías del tórax, ecografías del bajo vientre y del cuello, pruebas de sangre no sé ya cuántas veces. No será porque no lo estemos intentando.

Ahora estoy esperando a que me den el resultado de estas últimas pruebas, pero el momento en el que hay que aceptar los hechos y dejar de hacer sufrir al animal puede estar a la vuelta de la esquina. Me han ido dejando caer ya la idea de que hay un momento en el que lo mejor es darle una muerte digna y evitarle sufrimientos innecesarios y que obviamente ellos pueden aconsejar pero el que decide soy yo. Y me darán ese formulario marrón (¡marrón!) y esa vez habrá pocas risas.

Hay una colinita en un bosque no lejos de casa donde la gente ha organizado un cementerio de mascotas. No tengo ninguna prisa por ir allí con una pala que todavía no he comprado. Pero catorce años para un gato casero no son demasiados. Ahora algunos viven diecisiete, incluso veinte años. Durmiendo casi todo el día, moviéndose despacito de una siesta a otra, a la comida especial para gatos muy viejos y vuelta a la siesta.

Quizás un rato al sol cuando tenemos un poco. No estaría mal buscarme una de esas lámparas que recomiendan para sintetizar la vitamina D.

A mí me vendría bien y seguro que a él también.

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