Agur eta ohore. José Alcubierre, prisionero de Mauthausen nº 4100

BIXEN

Vicente Carrasco ‘Bixen’

Hoy me ha tocado darle la noticia de la muerte de Don José Alcubierre a varias personas en cuyas vidas dejó una profunda huella; la misma que dejó en la mía, creo.

Don José Alcubierre conoció el exilio cuando tenía poco más de diez años al acabar la Guerra Civil y fue deportado desde Angulema en el infausto Convoy de los 927, donde también iban su padre y su madre. Los bárbaros SS que les esperaban al final de un viaje de varios días en vagones de ganado decidieron que las mujeres y los menores de 12 años se volvían para la España de Franco y los demás se quedaban en la estación de Mauthausen para ir al campo creado para los irreductibles, aquellos que entraban pero no debían salir al estar marcados como enemigos irreductibles del nazismo.

Yo aprendí de Don José Alcubierre que se vive mejor sin rencor porque el rencor envenena, pesa, duele y mata poco a poco;  y recuerdo recibir esa inmensa enseñanza almorzando en corro, junto a la salida de la cantera Wienergraben del campo central de Mauthausen. Sobre la espesa hierba que allí crece en primavera, bajo un dulce sol y con el aire fresco que corre en esa zona pre-montañosa de ese maravilloso país que es Austria.

Su padre murió en el campo. En Gusen, uno de los lugares más espantosos que aquellos monstruos lograron crear. Se lo llevaron a Gusen, de donde casi nadie volvía,  allí lo mataron unos kapos polacos, verdugos de muchos republicanos españoles en buena parte debido a la fama de anticlericalismo que les precedía. En Gusen había muchos sacerdotes del centro de Europa (incluso austríacos) y muchísimos deportados polacos de todos los tipos, entre ellos muchos miserables que actuaban como verdugos de lo más voluntarioso haciendo el trabajo sucio de los guardias de las SS, que procuraban no mancharse las manos directamente (más aún cuando una epidemia de tifus afectó tanto a prisioneros como a guardias e incluso trabajadores civiles).

Como José era un crío le contaron la pena de Murcia, pero acabó por enterarse  meses después de que sucediera de que su padre murió de un paliza; lo mataron a patadas y seguramente por nada. José Alcubierre cálido y amable con todo el mundo (porque en el gentío que se junta en los días en los que se celebra la Liberación toda persona que está allí está por la misma razón) no se metía con los polacos, pero no hablaba con ninguno de ellos ni les estrechaba la mano, los ignoraba, ni los veía siquiera.

– Pero con las polacas no tendrá usted ningún problema, ¿verdad? -Le dijo un amigo mío intentando quitarle hierro a la cosa al ver que este buen hombre se estaba poniendo muy triste muy rápido.

Don José perdió la mirada un poco y dijo: “No, no. Claro que no.”

Y aun añadió otro “no, no”.  Como si fuera inconcebible extender esa reserva más de lo que él veía imprescindible.

Los republicanos españoles más jóvenes tuvieron la relativa suerte de ir a trabajar en un pequeño Kommando (destino) en una empresa sita en el pueblo de Mauthausen y propiedad de un empresario de apellido Poschacher que era dueño de medio pueblo, como sus descendientes siguen siendo.

Los “Pochacas” (que así es como nos ha llegado el nombre) trabajaban en uno de los almacenes de este sujeto con buenas relaciones con las SS y el comandante del campo. Al menos no estaban en las canteras o más tarde en los túneles, que solían suponer una muerte rápida aunque no menos terrible, pero según nos contó las palizas eran exactamente las mismas y el hambre poco más o menos igual. Pero tenían 13, 14, 15 años y podían con todo y más. Qué remedio les quedaba.

Los Pochakas obtuvieron una especie de permiso de trabajo al cabo de un par de años y eso significaba que dormían en el campo y no podían abandonar el área, pero iban a trabajar con una escolta muy ligera compuesta por un par de SS y llegó un momento en el que iban solos a trabajar. Tampoco es que pudieran irse a ningún sitio sin saber alemán, vestidos a rayas, con el pelo rapado y aquellas caras de hambre.

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Esta libertad de movimientos les sirvió para ser los artífices de una de las mayores hazañas que tuvieron lugar durante el Holocausto: había resistentes tanto en las oficinas de registro como en el laboratorio fotográfico (los SS tomaban fotos minuciosamente de la vida diaria en el campo) y muchos de esos puestos fueron paulatinamente siendo ocupados por republicanos españoles, cuya veteranía llegó a ser muy respetada. No en vano fueron los peor tratados, léase masacrados, durante el primer año y medio, hasta que primero los judíos y más tarde los prisioneros de guerra soviéticos empezaron a llegar en masa. Aquellos críos establecieron contacto con algunos civiles que eran antinazis. Cuál no sería la claridad con la que vieron aquello que cuando las cosas empezaron a pintar bastos para los nazis fueron sacando negativos del laboratorio y ellos los transportaban fuera del campo para pasárselos a Anna Pointner, la mujer más valiente de Austria. Su marido había sido detenido por la Gestapo varias veces (era socialdemócrata) y tanto ella como su familia estaban marcados como rojos más o menos sospechosos en una zona en la que los SS vivían con sus familias por miles.

Con todo y con eso Anna Pointner arriesgó su vida y la de su familia de la misma forma que todos los implicados lo hicieron con el fin de que lo que se había hecho el campo no se perdiera cuando los nazis destruyeran los archivos e intentaran borrar todas las pruebas y acaso a los prisioneros (testigos), como todo el mundo esperaba que hicieran. El riesgo que corrían todas las personas implicadas en aquello era inmenso, pero al fin y al cabo los prisioneros no tenían todas consigo en cuanto a su supervivencia, buscaban mantener al menos el testimonio de su existencia y de cómo había muerto tanta gente, pero el gesto de aquellos civiles austríacos, cuya colaboración habría supuesto la deportación y muerte de toda su familia, es algo hay que mantener presente.

Anna Pointner es finalmente recordada (desde hace poco y no sé si como merece, pero es recordada) en su pueblo y cada año la delegación republicana visita la estación a la que llegaban los vagones con los deportados, pero antes se visita la casa de Anna Pointner y su precioso monumento.

Mientras visitábamos la zona pasábamos una y otra vez con nuestro autobús por delante de un pabellón industrial con un gran letrero  donde dice “Poschacher” y que tiene un monumento esférico delante mismo de la puerta. Ahí estaba el almacén donde José Alcubierre trabajó durante cinco años como un esclavo junto a sus compañeros de infortunio.

Le preguntamos si había habido manera de echarle el guante al tío Pochaka (tal y como le llamábamos, precedido a veces por títulos como “el hijoputa de”) y nos dijo que ya lo intentaron, pero que el pájaro había volado.

Cinco años después del fin de la guerra, cuando los soviéticos se fueron de la zona llevándose hasta los raíles de tren y las traviesas,  al “tío Pochaka” le fue restituida su propiedad y su familia sigue explotando la cantera de Gusen, que linda con Poschacherstrasse (la calle Poschacher).

Demasiado familiar se nos hacía todo esto a quienes visitábamos Austria desde el país donde Hitler sí ganó la guerra.

Nos dijo que al tío Pochaka no, pero que a unos cuantos kapos sí que les echaron el guante. No en Gusen, donde reinó el caos al huir los nazis y diversos grupos antagonistas se mataron unos a otros durante días. En el campo de Mauthausen la resistencia mal que bien tomó el control del campo y muchos kapos fueron ejecutados (cuando no linchados) por sus víctimas.

Incluso al contar aquello Don José Alcubierre nos intentaba proteger de todo aquello. No es tarea fácil transmitir todo aquello sin envenenar el alma de quien lo recibe, llenar de dolor más allá del embotamiento a quienes con la mejor intención le preguntábamos todo lo que podíamos, porque él siempre parecía poder más.

Nos contó que él no le pudo dar lo suyo a ningún kapo y no porque no lo intentara. Llevaron a unos cuantos a los que echaron el guante a una habitación donde tenían retenidos a unos cuantos (había cientos de ellos) y debía haber una especie de cuerpo de guardia;  cuando salió de la habitación oyó un disparo, entró y allí estaba el kapo muerto en el suelo. Y lo decía casi como con un aire de niño travieso, como “ay lo que ha pasado”. Por lo visto esas cosas sucedieron durante los días inmediatamente posteriores a la Liberación.

Esto es algo común en otros deportados también. Cómo hacían todo lo posible para transmitir la historia y al mismo tiempo intentar protegernos del daño. La resiliencia de esta gente es algo que deja estupefacto a todo el mundo. Un amigo le preguntó si conoció vascos.

– ¿Vascos?  y tras pararse a pensar un momento dijo: hombre, había de todas partes. De todas las provincias. No tuve yo trato con ellos, pero sí que decíamos una cosa: ¿Un vasco? Un vasco ¿Dos vascos? Dos vascos.

¿Tres vascos? Una canción. Era gente que cantaba mucho.

Y así seguíamos en aquella montaña rusa de humor – drama – humor, en la que siempre encontraba la manera de contarnos algo que fuera siquiera remotamente positivo, incluso divertido, esperanzador… para pasar una vez más a la inacabable cadena de recuerdos oscuros, la memoria implacable de haber pasado cinco años en una prisión creada para destruir opositores políticos mientras se extraía de ellos hasta la última partícula de beneficio económico durante el proceso.

Cada día, cuando regresaban de su trabajo en el almacén de Poschacher debían entrar al campo interior y llegar hasta el barracón 17, que estaba al fondo en diagonal desde la entrada. Hubo una temporada en la que llegaron muchos partisanos yugoslavos, que eran transportados hasta el corazón de Europa para ser ejecutados nada más llegar. Don José Alcubierre todavía se entristecía cuando contaba que les hacían esperar hasta que terminara la ejecución antes de poder proseguir y llegar a su barracón. Contó que dependiendo del día el pelotón de fusilamiento liquidaba diez, seis, quince, diecisiete, ocho… así estuvieron meses.

– “Partisanos. Partisanos de Tito. Gente muy válida.” Y clavando sus ojos en los nuestros añadía “Una pena, pero…”. Y se iba tres metros más allá a recargar la batería un ratito.

La mayoría, tres cuartas partes de los que entraron, murió durante el primer año de cautiverio. Cayeron como moscas. Y la mitad de los que sobrevivieron murieron el año después de la Liberación, fruto de las privaciones, las enfermedades, los malos tratos, los experimentos médicos, la brutalidad constante y digo yo que el miedo a morir en cualquier momento durante dos, tres, cuatro o incluso cinco años como estuvo allí José Alcubierre. Eso te tiene que dejar carcomido por dentro y por fuera. Si es un milagro que salieran de allí vivos qué decir del hecho de haberlos podido conocer ya en el siglo XXI, cuando quedaban pocos. Y de que estuvieran así de bien todavía.

Cada vez que visitaba el campo entrando bajo ese arco de piedra antaño coronado por  aquella gigantesca águila hitleriana que tiraron abajo mano a mano republicanos españoles y resistentes franceses Don José Alcubierre se arrimaba a la pared de la derecha, frente a las cocheras, y acariciaba las piedras de ese gran muro liso. Hacía esto porque decía que el campo original era de madera, pero toda la fortaleza de piedra la construyeron republicanos españoles y con un poco de suerte tocaba piedras que había colocado su padre. Cada vez que visito el campo hago esto mismo porque así recuerdo al deportado que recordaba. Y recordar es volver a pasar por el corazón.

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