Estado como animal de compañía

Oscar Gomez

Óscar Gómez Mera

Usted contrata un seguro para su automóvil cuyo importe abona religiosamente. Tras sufrir un accidente acude a la sucursal de la compañía para que se haga cargo de los daños ocasionados. En la compañía le dicen que no le van a abonar ni un solo euro ni correr con los gastos de los desperfectos. ¿Seguiría usted pagando la póliza? No, ¿verdad?

Usted contrata los servicios de un asistente personal para que le lleve el coche al taller mecánico, la ropa a la tintorería, se encargue de pagar sus facturas y de hacerle la compra. Al cabo de un tiempo comprueba que a su coche no le han pasado la revisión, sus camisas están sin almidonar, su nevera vacía y los acreedores no dejan de aporrear su puerta. Cuando le pide explicaciones a su asistente éste le responde que no piensa hacerse cargo de ninguna de esas actividades para las que usted le contrató. ¿Seguiría usted pagando la remuneración de esta persona? No, ¿verdad? Entonces, ¿por qué seguimos manteniendo con nuestros impuestos un Estado y a quien lo dirige si el mismo no nos garantiza nada?

Desde que comenzó esto que han dado en llamar crisis y que no es otra cosa que el sistema capitalista, que funciona así, se ha incrementado en dos ocasiones el IVA. Nos retienen más en concepto de IRPF en la nómina, la pensión o la prestación por desempleo, si percibimos alguna de estas tres cosas. Si somos propietarias de un vehículo o una vivienda continuamos pagando el impuesto de circulación y el IBI, respectivamente. Han recortado las prestaciones contributivas por desempleo y endurecido las condiciones para acceder a cualquier ayuda social. Las tasas universitarias son más caras mientras el número de becas y su importe ha disminuido. Se ha puesto en marcha el copago farmacéutico. Suma y sigue.

En definitiva, cada vez tenemos que aportar más a un sistema que cada vez nos garantiza menos. Hasta el punto que llegará un momento en que no nos ofrezca nada. Retomando el ejemplo de la compañía de seguros, si al ir a renovar nuestra póliza nos dicen que el precio de la misma pasa de 400 euros a 600, y que las coberturas se reducen a la mitad, lo primero que haríamos sería intentar buscar otra compañía aseguradora. ¿Por qué no hacemos lo mismo con el Estado?

El Estado, cualquier Estado, debiera ser una institución encargada de velar por los intereses de las personas que lo financian y lo sostienen. Pagamos impuestos para sufragar los sueldos de quien gestiona las estructuras de la maquinaria estatal. A cambio deberíamos obtener un empleo de calidad y con derechos, o en su defecto una prestación por desempleo que nos garantizase la subsistencia, una pensión digna cuando nos jubilemos, sanidad universal, educación para nuestras hijas, atención para nuestras personas mayores y dependientes…etc… Pero lo que obtenemos son recortes, servicios públicos precarizados, paro, pobreza y represión. Todo ello mientras tenemos que oír de boca de la clase política que cobra de nuestro bolsillos y que debiera ser la encargada de velar por nuestro bienestar, que no hay dinero, que no nos pueden garantizar ni el empleo, ni las pensiones, ni la sanidad, ni una vida digna. Que el mercado se regula solo y que ellas nada pueden hacer al respecto.

Bien. Vale. Aceptemos pulpo como animal de compañía. Asumamos que la clase política no tiene margen de maniobra para hacer nada y que el Estado nada nos puede garantizar. ¿Para qué seguir, entonces, pagando a las gestoras de un Estado inútil? ¿Para qué, entonces, seguir teniendo un Estado?

Hoy día el Estado es una institución al servicio del poder económico. Por ello cada vez comprendo mejor a algunas de aquellas personas que quieren salirse de un Estado concreto para formar el suyo propio. Un Estado donde la centralidad radique en el buen vivir de las personas que lo mantienen y lo sufragan. Aún y cuando la idea me parece muy legítima y alentadora, soy un escéptico irreconciliable que cree que la mejor manera de que las cosas se hagan como una quiere es hacerlas una misma. Cuánto nos queda por aprender de las viejas anarquistas y de conceptos como autogestión y apoyo mutuo. Cuánto nos queda por aprender del feminismo y la sororidad.

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