Gotas de música

Estela Rey copia

Estela Rey

Llueve tímidamente y las gotas caen sobre la cara hasta que acaban mojando del todo. Para cuando quiero darme cuenta, ya no hace falta paraguas porque he llegado a buen cobijo. La música me ha acompañado en mi camino como un fino velo que me aísla del ruido ajeno. Fino pero resistente, cálido, e impenetrable. Esa música que te acaricia como las gotas de lluvia y que termina por calarte los adentros.

En ese y tantos otros caminos, pienso en todas esas canciones prohibidas que reabren viejas heridas, que evocan momentos que jamás volverán; primeras notas que conducen a lugares ya pisados, a viajes en solitario atravesando una ciudad, a personas queridas que se apearon de nuestra vida. La música reaviva las emociones y nos desvela huellas que creíamos borradas en nuestra memoria, tan frágil a veces, tan radiante otras cuando suenan canciones tan ancladas en nuestro ayer.

Recuerdo a una anciana inglesa, sonriente y senil, que pasaba las horas en una habitación ajena a la vida cotidiana de su familia en otras partes de la casa. Allí estaba, sola en la habitación casi vacía en la que se había convertido su maltrecha memoria.

Apenas dibujo ya su cara, pero sí la recuerdo sonriente, curtida en arrugas, ensimismada mientras escuchaba incansable la banda sonora de su juventud con unos auriculares. Seguía el ritmo de la música envuelta en ese velo fino y resistente que la alejaba del mundo exterior.

Me acerqué un día, retiré los cascos de sus oídos queriendo conocer eso que le hacía tan feliz. Sonaba a swing de los años 30. Se los puse de nuevo y, minutos más tarde, mientras me probaba un vestido nuevo que compré en la costa de Kent, le oí decir irguiendo lentamente la cara y con una amplia sonrisa: «¡Qué guapa estás!».

Era la primera vez que oía a esta mujer hablar con alguien desde que llegué días atrás. La música era lo poco que a esta mujer le quedaba, y ese momento fue magia. Como en la película Coco, cuando Miguel cantaba «Recuérdame» a su frágil bisabuela y ella, desmemoriada, se unió a cantar recobrando un pedacito de su vida.

En ese afán de sanar con la música, puse los auriculares a mi amama una vez, cuando el cuerpo ya no era el de antes, aunque su negativa me hizo entender que escucharla le haría viajar a tiempos en los que no dolía ni necesitaba una mano en la que apoyarse. Comprendí, una vez más, que hay puertas cerradas de un portazo que la música reabre de par en par en un soplo de aire.

Durante toda la vida, le había resultado irresistible cantar, seguir la letra si alguien empezábamos a tararear. Y es así, la potencia evocadora de la música nos agita, y claro está, también nos alienta, nos hace recordar vivencias irrepetibles como los viajes en coche, los conciertos con amig@s, acontecimientos cruciales en nuestra vida, incluso la dulce espera de un bebé que ya escucha desde el útero lo que suena ahí afuera.

Lejos quedan ya las grabaciones de radio en cassettes donde cortábamos la canción cuando el locutor intervenía; el bolígrafo «bic» dando vueltas para encontrar el momento exacto con el riesgo de que saliera volando por los aires. O bajar al coche de mi padre con la colección de cassettes para enseñar mis canciones favoritas a los amigos -Thunder Road, Rhiannon, Shine on Your Crazy Diamond, Jungleland, Sultans of Swing, Cocaine, Aqualung, etc.

¿Cuál sería la canción que resume nuestra vida? ¿Cuál nos ha levantado el ánimo cuando llovía en nuestro interior? ¿Cuál nos arrulla? ¿Qué música nos ha regalado momentos inolvidables, exultantes? Y, como muchas y muchos quizá lo han pensado alguna vez, ¿cuál tendría el honor de ser nuestro epitafio.

Alguien muy especial decidió despedirse con un tango de Gardel, y escuchar «Adiós muchachos» fue como si él nos estuviera arropando en la despedida, recordándonos su alegría y saber vivir. Mi padre, de quien me ha llegado gran parte de la música que escuché de niña y que sigue acompañándome, ha expresado en más de una ocasión que, curiosamente, Epitaph (King Crimson) sería su canción epitafio.

Sin quererlo y aún siendo tan bella, la he condenado por mucho tiempo al destierro. Mientras tanto, cantaremos a la vida, al recorrido realizado, esas canciones que consiguen erizarnos la piel, acelerar el pulso, respirar profundo. Aquellas que nos hacen bailar por dentro y por fuera, reír, recordar mientras la memoria no se va quedando sin muebles. Cantaremos para que llueva música y nos cale los adentros, para sentirnos aún más hoy, más vivos.

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