La superviviente Frida

Estela Rey copia

Estela Rey

Han transcurrido ya 65 años desde que la vida de Frida Kahlo se apagara tras una corta pero intensa vida social y artística y, sin embargo, su figura está muy presente en nuestros días. Se ha convertido en un icono que traspasa fronteras; a menudo, se citan muchas de sus frases célebres, se ve su rostro y su cabello adornado de alegres flores en artículos de moda, papelería, regalos…

Su forma tan personal de desarrollar su talento quizá no fuera para agradar a todas las masas sino para sobrellevar su propia vida marcada por el dolor. Era el puro reflejo de su psique, de sus batallas, y el lenguaje con el que exorcizar sus miedos. Sin embargo, de cara a la galería, presentaba un carácter arrollador y alegre, amante de la compañía y la celebración entre familia y amigos. Su fuerza y su capacidad para sobreponerse a la adversidad es una inspiración, una lección para cuando la vida nos presenta su cara más adversa.

Frida

Frida Kahlo. PHOTO. Bettmann

En los primeros años de vida, Frida era una niña repleta de energía y deseos de explorar su entorno, jugar con sus amistades imaginarias, trepar árboles y correr sin descanso. Hasta que llegó el primer golpe que recibió a los 6 años y que la mantuvo durante meses en la cama sin poder acudir a la escuela: le diagnosticaron poliomielitis tras sufrir dolores agudos e incapacitantes que la hacían llorar y paralizarse. Ansiaba volver a la escuela, y puso todo de su parte para aprender a caminar de nuevo, deslizándose de la cama antes de tiempo aun a riesgo de no mantenerse en pie. Su determinación la hizo mejorar pese a que su pierna, su «pata», quedaría por siempre más débil que la otra. Se enfrentó a las burlas – ¡Coja!¡Pata de palo!- con su locuacidad y rebeldía natural, mostrando una coraza frente a la hostilidad. Aquello la llevó a ser más solitaria y refugiarse en el dibujo y la imaginación, ese mar cada vez más hondo e inabarcable en el que navegó hasta el fin de sus días.

Un día de septiembre, a los dieciocho años, un nuevo golpe hizo virar la vida de Frida hacia una dirección incierta y dolorosa una vez más: el choche brutal entre el tranvía en el que viajaba y un autobus la partió en mil pedazos. Metida en un corsé de yeso, a veces de metal, tuvo que soportar una dura convalecencia y el confinamiento, lejos de las tertulias, la actividad burbujeante en la universidad, y el calor de los suyos. Era como un pájaro hambriento de libertad y preso en una jaula de metal. Añoraba su querida Casa Azul de Coyoacán, a la que volvió después de un mes para recuperarse poco a poco. Y su madre, Matilde, se hizo con la medicina más efectiva para el dolor: un caballete que mandó hacer para su cama. Así podría pintar y matar las horas largas mientras yacía sobre ella atrapada en su corsé. La Frida artista nació en ese instante. Cuando parecía morir ese pájaro frágil y de sueños pendientes, los óleos de su padre le dieron un empujón de aliento para querer reanudar el vuelo, sanar las alas y seguir rascando la felicidad.

Además del accidente del tranvía, Frida sufrió otro accidente tal y como una vez ella misma lo describió: Diego. Toda su vida fue ligada al muralista Diego Rivera, en un principio a su sombra y como aprendiz de él y, más tarde, deslumbrando con su luz propia en cualquier escenario social. Los dos llevaron una vida de encuentros y desencuentros, infidelidades, de cese de convivencia – su casa de San Ángel en México era en realidad dos casas unidas por un puente, donde vivían independientemente pero queriéndose -, apoyo mutuo como artistas y como un matrimonio que vivía experiencias muy difíciles como los abortos que sufrió Frida o su adaptación a la vida en EE.UU.

Los años avanzaban y la salud de esta mujer mermaba. Había logrado viajar a París, conocer a pintores influyentes, dar clases de arte incluso en su Casa Azul cuando su cuerpo fallaba y los estudiantes pintaban en su patio. Siempre brillaba con sus ojos de un negro intenso y con su sonrisa. Llegó a hacer adornar la habitación del hospital para que nadie se sintiera triste al visitarla. Eran numerosas las visitas y las risas que provocaba corrián por los pasillos asombrando a las enfermeras. Se agarró a la vida contra pronóstico, superó muchas intervenciones, hasta la amputación del pie. Es cierto que su voluntad quebró a veces en brazos de su Diego. Y la noche del 13 de julio de 1954, Frida murió en su hogar. Anticipando su ida, expresó : “Espero que la salida sea alegre, y espero no volver nunca más”.

Frida Kahlo

Imágenes sobre Frida Kahlo tomadas en un bar de Oaxaca, México. PHOTO. I. Gorriti

Nunca me sedujo el surrealismo, pero de Frida admiro su reivindicación por la belleza natural de la mujer, el respeto por el folclore de su tierra, y la desgarradora honestidad con la que expresa sus heridas del cuerpo y el alma. Admiro los cuadros que muestran una vegetación exhuberante, un canto a la fertilidad y la naturaleza viva, al arraigo. Pero, sobre todo, admiro su valentía y sus ganas de vivir, de sobreponerse a los obstáculos dolorosos de la vida.  Murió joven, pero vivió al máximo hasta el último día. Costara lo que costara, recogió sus pedacitos para seguir adelante. Hoy, la Casa Azul sigue en pie, y su estela sigue extendiéndose. Como superviviente. Como pintora. Como mujer. Hasta siempre, niña Frida.

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