Mi amigo Horacio

Oscar Gomez

Óscar Gómez Mera

Mi amigo Horacio no tiene casa ni coche. Por no tener no tiene ni permiso de conducir. No quiere ni necesita propiedad alguna, dice. Cuando falleció su madre, su hermana se quedó con la casa del pueblo y a Horacio le tocaba el piso donde hasta entonces había vivido con su progenitora. Se negó en redondo a ir al notario a escriturar. Tras un sinfín de intentos vanos de hacerle entrar en razón, su hermana se quedó también con el piso. Horacio sigue viviendo en él y paga el agua, la luz, la comunidad, el seguro. Pero el IBI lo tiene que pagar su hermana. Como dice mi amigo Horacio, quien tiene hacienda que pague el IBI, o si no que la venda. Cuando se muera Horacio quiere que le incineren. No quiere tener a su nombre ni la lápida del cementerio.

Mi amigo Horacio gasta en ropa menos que los miembros del Opus en preservativos. Con sus cincuenta años largos aún viste una cazadora vaquera que llevaba al instituto. Su hermana, de vez en cuando, le compra alguna prenda que Horacio vuelve a meter en la bolsa sin ni siquiera quitarle la etiqueta para depositarla luego en algún contenedor de Cáritas.

Mi amigo Horacio debe de ser de las pocas personas del Reino de España que no paga comisión de mantenimiento por su cuenta del banco. La última vez que quisieron cobrarle por este concepto organizó tal zipizape en el banco que tuvo que personarse la Ertzaintza y acabó declarando en comisaria. Querer cobrarme por manejar mi dinero, decía. Deberían ser ellos quienes me pagaran a mí. Los hijoputas.

Mi amigo Horacio fuma como un carretero, come como un pajarito y bebe cerveza como si el día de mañana no existiera. El mes de agosto que se quedó cuidando a su madre y no pudo ir a veranear al pueblo, uno de los tres bares que hay en el mismo tuvo que cerrar.

Mi amigo Horacio tiene dos sobrinos. El mayor debe andar por los 17 o 18 años. Cada vez que se lo encuentra en la calle le afloja un billete de 50 euros. Toma, para que te lo gastes en libros o en cerveza. Que como me entere yo que te compras videojuegos o vas a comer al McDonald’s te inflo a hostias. Cacho cabrón. Que ya ni tiempo tienes para visitar al carroza de tu tío.

Mi amigo Horacio no celebra la Navidad, ni el año nuevo, ni el día de Reyes, ni la Semana Santa. No comulga con ninguna religión. Por no celebrar no celebra ni su cumpleaños. Celebrar que me queda un año menos de vida. Hay que ser gilipollas, dice.

He visto a mi amigo Horacio llegar a las manos con un tipo por haberle faltado al respeto al euskara en su presencia. Mi amigo Horacio apenas sabe hablar euskara más allá de decir kaixo, agur, gero arte o Gora Erreala. Ha intentado apuntarse varias veces al euskaltegi. Pero el único horario que le permite su jornada laboral es por las tardes, de 7 a 9. Y a esa hora está haciendo su habitual ronda de cervezas por los bares del barrio. Me da mucha rabia no llegar aprender nunca euskara, dice, pero si con las cosas de comer no se juega, con las de beber menos aún, añade. Ha dejado dicho en el euskaltegi que si sale un grupo a partir de las 11 de la noche, que es cuando ya está duchado y cenado, que le avisen.

Mi amigo Horacio nunca ha votado. Ni siquiera vota en las elecciones sindicales de su empresa. Dice que él es su única representación. Los compañeros de trabajo muchas veces recurren a él cuando tienen algún problema con la nómina o cuando les amenazan con el despido o la no renovación del contrato. Horacio es toda una institución en su empresa y el jefe de personal lo trata con más miramiento que al delegado de personal, que es de CCOO y no traga a Horacio. Dice Horacio que un sindicato son los y las trabajadoras y no una cúpula que decide por ellos, y que Marcelino Camacho y Nicolás Redondo eran unas marionetas de los partidos políticos de la izquierda reformista que tragaron con los Pactos de la Moncloa.

Mi amigo Horacio se está muriendo. Le ha picado el cangrejo, como dice él. No creo que se llegue a comer los turrones. Pero como no celebra la Navidad y come tan poco no creo que le importe mucho. Se ha negado en rotundo a recibir tratamiento alguno. No pienso permitir que me metáis esa mierda de la quimioterapia en el cuerpo para vivir dos o tres meses más, me moriré cuando me tenga que morir, y si veo que antes de ello me empiezo a mear en los pantalones o a decir más chorradas de las que ya digo habitualmente me tiro por el balcón y así dejo el piso libre a mis sobrinos para que vayan con sus amigos a hacer botellón. Y tras estas palabras salió de la consulta dejando con la boca abierta al oncólogo y a su enfermera, y con un suspiro de acostumbrada resignación a su sufrida hermana, y se fue a la parte vieja de Donosti a tomarse unos zuritos y comerse unos pinchos. Y luego me fumé un farias, cuenta mientras se muere risa.

Voy a echar mucho de menos a mi amigo Horacio. Me gustaría parecerme a él, aunque sólo fuera un poco. El mundo sería mucho mejor con más Horacios.

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