Noche de verano

Eukeni Bastida

Eukeni Bastida

Al fin han llegado esos días que tienes en mente durante todo el año. Calzado ligero y ropas holgadas. Después de la cena y una relajada tertulia, caminas en solitario, casi flotando hacia ese sitio que te inspira tranquilidad cuando el sol ya hace tiempo que ha dejado de abrasar la tierra. Parece que hoy se ha llevado la luna consigo. Silencio lleno de tenues sonidos. El murmullo de alguien en la distancia, la danza estival de los insectos, un lejano cencerro… y un aire tan fino que solamente sientes cuando humedeces los labios.

Cierras los ojos y lentamente comienzas a elevar la nariz dejando que el aire entre hasta el fondo de tus pulmones. Tu mirada apunta al zenit. Abres los ojos y ahí está la bóveda celeste que te vuelve a sorprender, para permanecer así durante largos minutos. No recordabas que el fondo del cielo no es negro, ni que está iluminado por millones de diminutas velas que se consumen eternamente. Piensas que, a un religioso semejante firmamento solo podría servirle para afianzar su creencia sobre la creación divina.

Parpadeas y ves que Vega está a punto de pasar por el punto más alto del cielo, toda su constelación la sigue al sonido de la lira. Mientras miras al cielo, decenas de imágenes inconexas se agolpan en tu mente queriendo centrar tu atención. Una conversación con tu vecino esa misma tarde, una riña laboral a la cual ahora mismo no das importancia, un encuentro sexual reciente o antiguo, un qué hacer para mañana, un qué hiciste ayer… estático como estás, tus ojos vuelven a enfocar con nitidez solo un milisegundo después de percatarse de la estela de una estrella fugaz. Sin mover la cabeza, tus ojos apuntan hacia allí mientras agudizas los sentidos por si alguna fugaz estrella intentase escapar otra vez a tu vista.

Casi inconscientemente elevas un pie como un caballo que va a ser herrado y rascas ligeramente la piel. Justo ahí donde el héroe griego recibió un flechazo envenenado para morir y cambiar la historia de su pueblo.

Parece haberse detenido el tiempo, como en aquel viejo reloj de pared de casa de tus abuelos al que nadie ya da cuerda. Mientras observas el firmamento, lo piensas durante un instante y caes en la cuenta de que aquel reloj es infinitamente más preciso que cualquier reloj que va cinco minutos atrasado y que corre fatigado intentando un imposible. Mientras, aquel viejo reloj de pared en aquel triste pasillo, da la hora exacta dos veces al día.

Agradeces a las estrellas el haberte situado ahí donde estás. En un remanso de paz en la turbia historia de la humanidad. El haberte situado ahí, en ese lugar y en esa época y poder saborear las dulzuras de la vida. Vienen a tu mente esas personas que estaban pero que se fueron, y lo hicieron para siempre.

¿Y si son las estrellas las que nos observan? ¿Y si lo han hecho siempre? Al fin y al cabo, somos su creación. Miran y se asombran con nuestras maravillas y se horrorizan con nuestras atrocidades. Así ha sido siempre y siempre lo será. A modo de agradecimiento, solo puedes intentar disfrutar los días que te quedan e intentar ser mejor persona con los que te rodean…

…cuando oyes a lo lejos tu nombre, llevas la cabeza a su posición normal y simultáneamente retraes los labios hasta atrás dejando toda la dentadura al aire y se te achinan los ojos y al poner completamente la palma de tu mano en toda la nuca susurras “mecagüen su puta madre” y caminas a torpes zancadas en la oscuridad buscando el camino hacia la cama con la mente en blanco y habiéndote vuelto a aletargar nuevamente hasta dentro de un año.

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