NOSOTRAS in/subordinadas

aurora

 

Aurora P. 

Parece que otra vez estamos en esta época del mes. No te confundas, me refiero a la cuenta atrás para el Día internacional de las mujeres trabajadoras, y generalizado en día internacional de las mujeres (lo prefiero en plural). ¡8 de marzo! Día de reivindicaciones entre las más importantes del calendario feminista. Voces que se acompañan a lo largo del año, porque su reclamo es el mismo, todos y cualquiera de los meses que cuente el almanaque.

Así marzo va de la mano con noviembre, mes de la brecha salarial en Europa, en el que las mujeres llegan simbólicamente a trabajar gratis hasta final de año porque ganan un 16% menos que los hombres (para 2018, según la Comisión Europea se calcula que en el estado español es del 14,2%, mejorando informes con respeto a varios vecinos más al norte, pero sumando el triple que en Italia, Rumanía y Luxemburgo). Este dato es curioso porque nos hace mirar simultáneamente al futuro y al pasado: en estos tiempos que vivimos no dejamos de sorprendernos de que se sigan necesitando pasos hacia la igualdad, cuando paralelamente existen detractores de ‘ya lo habéis conseguido todo’. Y es que la liberación de las mujeres es complicada porque se articula en todos los niveles sociales y culturales, y muchos logros ocultan -a quienes no quieren ver- la necesidad de continuar reclamando lo que es nuestro. El ámbito laboral es el que más permite percibir estas disparidades, que obviamente sigue habiendo, simplemente porque se dan en un espacio público, haciendo escasamente negables diferencias de trato, de contratación, de cobro; es decir, discriminación y opresión quedan más fácilmente al descubierto. Lo que pasa entre las paredes de una casa no lo podremos divisar tan bien, pero la escena profesional está para reflejar esta condición subalterna a los hombres, lo que la convierte en un evidente espacio de lucha.

Asimismo, noviembre es el mes en que celebraremos el día internacional de la no violencia contra las mujeres, también conocido como día de eliminación de la violencia contra las mujeres. La violencia ‘de género’ es un problema estructural que nos afecta a todas y todos por desigual, tan arraigado que aprendemos a convivir con esta violencia porque la normalizamos. No solo se trata de feminicidios o violaciones. La enciclopedia más famosa de la web nos recuerda que “dentro de la noción de violencia de género se incluyen actos como asaltos o violaciones sexuales, prostitución forzada, discriminación laboral, el aborto selectivo por sexo, violencia física y sexual contra personas que ejercen la prostitución, infanticidio en base al género, castración parcial o total, ablación de clítoris, tráfico de personas, violaciones sexuales en guerras o situaciones de represión estatal, acoso y hostigamiento sexual -entre ellos el acoso callejero-, patrones de acoso u hostigamiento en organizaciones masculinas, ataques homofóbicos y transfóbicos hacia personas o grupos LGBT, el encubrimiento y la impunidad de los delitos de género, la violencia simbólica difundida por los medios de comunicación de masas, entre otros.”

Una extensa lista que alerta: nos están matando. Matan nuestros cuerpos, pero de igual modo colonizan nuestra memoria y acaban matando nuestra historia. ¿Acaso se sabe algo del papel de la física Mileva Einstein en el descubrimiento de la teoría de la relatividad? ¿Qué hay de la autoría de los clichés de Robert Capa: más de Endre o de Gerta? Al fin y al cabo, ¿qué queda documentado? A nivel administrativo, también se borran nuestros apellidos, es decir nuestra herencia en femenino, y cuando se trasmite el patrimonio familiar, mucho del pater, poco de la mater, y así quedamos desacreditadas, y luego ocultadas. Me pregunto, ¿habremos empezado ya una nueva era en la que somos capaces de enfrentarnos a nuestro miedo a ser? Ser personas libres individualmente, no formando parte de un amasijo indescriptible.

Quiero pensar que sí. De hecho, este año pasado ha sido particularmente emblemático en cuanto a encarar desigualdades con múltiples denuncias sociales y movilizaciones. Por citar solo algunos ejemplos, a nivel estatal, hemos vivido un 8 de marzo histórico, hemos salido a las calles tras la injusticia del juicio a la manada; o a nivel mundial: Arabia Saudí permite conducir a sus ciudadanas, Irlanda se ha comprometido con el derecho a abortar, Argentina se llena de rabia al no poder decidir, y al unísono se grita contra la trata de mujeres y los vientres el alquiler… No importa a qué escala, sigue siendo el mismo machismo hegemónico, ávido de poder, pero ahora frente a la unión de mujeres informadas y gradualmente más solidarias.

Da la sensación de que este fervor viene en parte del movimiento #metoo nacido el otoño anterior, como gestando estas reivindicaciones, preparando el liberar de las voces. Pero qué si las voces no son escuchadas. Mientras las decisiones las tomen hombres incapaces de ver o de querer aceptar que existe una discriminación inherente al género, no podremos avanzar. El hecho de compartir masivamente aquel hashtag, a veces con el relato de terribles vivencias personales, sirvió para demostrar la naturaleza extendida del comportamiento misógino: es un mecanismo tan grande como un planeta.

Que no se nos nuble la vista con las fáciles críticas a un movimiento internet: la desenvoltura tras una pantalla. Este universo en el que pululan los troles también ha servido -y sirve- para desatar y consolidar un aliciente de sororidad poco experimentado antes. La rapidez con la que fluyen las noticias y una mejor concienciación para con el carácter discriminatorio global hacia las mujeres permiten el despliegue de movimientos sociales fuertes. Aunque, no nos engañemos, a cada guerrero sus motivos de guerra, y las realidades del feminismo son plurales. Cuando la teoría nos hace creer en una lucha por una absoluta igualdad, la práctica nos demuestra que no es lo mismo una mujer “de aquí”, una mujer racizada, una mujer musulmana, una mujer analfabeta, una mujer pobre… O gorda, enferma, vieja. A las discriminadas, ¡más discriminación! Pensemos: ¿nos conmueve tanto el caso de [insertar aquí cualquier ataque machista en nuestras tierras] que el casi linchamiento de Asia Bibi? ¿Acaso nos preguntamos por qué esas ganas de matar? ¿Realmente fue su presunta blasfemia la que estaba en juego en las calles de Pakistán, o era una vez más una suerte de mujer? Recordad quienes estaban formando rebaño para reclamar su ejecución…

No nos creamos que estos casos son tan lejanos a nuestras realidades occidentales. Será otra historia simbólica, pero es que abundan. Al fin y al cabo, cada vez que un hombre asesine a una mujer, cada vez que controle a una mujer, incluso cada vez que ‘simplemente’ decida por una mujer, rezumba el eco de esta violencia.

En un mundo poblado de Trumps, Bolsonaros, VOXistas y demás extremoderechistas que emergen hasta en una ‘adelantada’ Europa, ¿dónde está nuestro sitio, si no nos lo buscamos nosotras? Tenemos que posicionarnos como individuos anti-autoritarios. No podemos aceptar órdenes patriarcales sin interiorizar que somos seres desiguales y es necesario romper con estos espejismos: no somos tu sirvienta-ama de casa, no somos tu niñera, no somos ‘tu mujer’ si tú te conviertes en ‘el marido’. Nuestro plano tiene que ser igual de prioritario y nuestras funciones son legítimas y han de ser valoradas. ¡No somos subordinadas! Y somos una fuerza social.

Este 8M hace 360 y pico días, sentí en mis carnes aquella energía, sentí más que nunca el significado del NOSOTRAS. Me dieron esperanzas la colosal huelga y esos tsunamis digitales en las redes porque me hicieron confiar en que la población despierta. Y deseo ver y sentir lo mismo en 2019. Claro que no podemos satisfacernos de días sueltos y de hashtags. Hay que ir más allá. Hay que seguir en las calles a la vez que convertimos el feminismo en filosofía de vida. Por eso el feminismo, o mejor dicho, la educación feminista (de la que no se deberían de disociar ni laicismo ni anarquismo) es tan importante para lograr una liberación real y equitativa. Ninguna problemática personal o política puede aprehenderse sin un enfoque feminista. Cuando los derechos adquiridos hoy parecen ocultar las luchas del pasado, incluso peor, las que se han de llevar en el futuro, es que la sociedad aún necesita desaprender muchos roles y reafirmarse con modelos nuevos y justos. Eduquemos en igualdad, es la única vía para una emancipación individual, por consiguiente, absoluta.

Simone de Beauvoir decía: “Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que sea la libertad nuestra propia sustancia”.

Nos vemos mañana. ¡Que sea masivo!

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