¡Por fin seremos un número!

Michel Seoane

Michel Seoane

Una de las quejas más frecuentes que siempre había oído por parte de mis congéneres era la que hacía referencia a que nos trataran como un simple número.

Ya fuera en el trabajo, en un hospital, por parte del Gobierno, o en cualquier organismo público o privado, el hecho de que nos trataran como una simple cifra nos ofendía e irritaba de un modo especial. Parecía como si de algún modo nos estuvieran despojando  de nuestra  humanidad,  de nuestra esencia, pasando por alto nuestras peculiaridades y particularidades. Esas que hacen que seamos algo único e irrepetible.  Y, obviamente, eso nos enfadaba. Y de qué manera.

Y digo nos enfadaba porque ya no, ya no nos enfada, ni nos irrita que nos traten como un número.

En estos días que corren nuestra esencia, aquellas peculiaridades y particularidades que nos hacían algo único e irrepetible están indivisiblemente asociadas y sometidas a una mera cifra: el número de nuestro teléfono móvil. Si no tienes un número de móvil, simplemente, no existes, no eres.

En muy poco tiempo hemos pasado de reivindicar nuestra esencia individual por oposición a lo inerte y frio de una cifra a necesitar de un número para existir, para sentirnos humanos.

En este punto quiero citar al protagonista de la película Boyhood, cuando dice que “convertir a los humanos en robots sale mucho más barato que fabricar robots”.

Y en ello estamos, en convertirnos en robots. Ya hace demasiado tiempo que la tecnología no es una herramienta al servicio de la humanidad. Si no que la humanidad está al servicio de la tecnología. Somos algo así como su banco de pruebas y sus más fieles lacayos. Las empresas de tecnología, cuyo código ético desconocemos en general, no tienen más que sacar una aplicación al mercado. En pocos días millones de personas la tienen instalada en su móvil. Y lo que es peor, ya no saben vivir sin ella.

No importa que toda tu vida hayas quedado con la cuadrilla en el mismo bar y que hayáis hecho siempre el mismo recorrido. El que llegaba tarde sabía cómo y dónde encontrar al resto.  A día de hoy, nadie es capaz de quedar con otra persona si no median tres o cuatro mensajes como mínimo: dónde quedamos, cuándo quedamos, estoy saliendo, estoy llegando, dónde estáis…

En el olvido han quedado aquellos años en los que un camionero sin graduado escolar, de esos que se sacaba el carnet de camión en la mili, recorría Europa entera desde Huelva a Helsinki para que los “helsinkianos” pudieran comer fresas con nata. Ahora hay que poner el navegador del móvil para volver del trabajo a casa.

Nos hemos gastado cientos de monedas de cinco duros echando partidas en máquinas de coches, de petacos, de kárate, de Tetris… Ahora solo sabemos jugar al Candy Crash.

Toda la vida uno se iba de fiesta, pasaba la resaca y después en los días siguientes contaba las andanzas y hazañas de aquella noche, o más bien lo que recordaba o quería recordar,  siempre aderezado con importantes dosis de imaginación. Ahora a través del móvil se tiene cumplida información en tiempo de real de los méritos y fracasos que acontecen a cada persona en cada momento y en cualquier tipo de situación. Muchas veces esta información no beneficia ni al destinatario ni al remitente.

Nuestra intimidad, situación necesaria para el ser humano como tal, se ve constantemente ultrajada por pitidos, vibraciones, tonos de llamada, etc. Y muy pocos son capaces de obviar estas señales y prestar una atención e interés total al asunto que tengan entre manos en ese momento. Se trate del asunto que se trate.

Resulta patético observar a cientos de personas o a una sola que asiste a un espectáculo natural o artístico cuya única preocupación es grabarlo con el móvil para dar cuenta a los demás de que él estaba allí.  Prima mas grabarlo a través de una mísera pantalla que disfrutar del espectáculo en su total plenitud.

Es esta dependencia, esta ansiedad por manifestarnos a través del teléfono móvil lo que nos está convirtiendo en robots, lo que nos está deshumanizando.

Quizá dentro de no mucho tiempo a los niños que nazcan les asignarán directamente un número de móvil y sus padres no tendrán que perder el tiempo en algo tan vulgar y tan humano como elegir el nombre de su descendencia.

Ese será el día en que lo hayamos conseguido: ¡por fin seremos un número!

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