Potencialmente pobres

Oscar Gomez

Óscar Gómez Mera

         Toda persona que depende de un salario es potencialmente pobre. Leí esta frase en un muro de Facebook hace unos días. Me trajo a la memoria una charla que presencié hace ya unos años.

Me encontraba sentado en la mesa de un bar con un veterano sindicalista madrileño. Se nos acercó una conocida suya a saludarle. Él la invitó a sentarse con nosotros. Tras las presentaciones de rigor mi amigo le preguntó a su interlocutora qué tal le trataba la vida. Ella torció el gesto. Llevaba en situación de desempleo cerca de cinco o seis meses. No daba crédito a la situación en la que se encontraba. Había trabajado durante los años del boom inmobiliario en una constructora como arquitecta, con un sueldo que la mayoría de los meses rondaba los 4.000 euros. Se había comprado una casa, hipoteca mediante, en una urbanización de gente beatiful, y conducía un coche de gama más que alta. Pero la burbuja hizo pum y todo se fue al carajo. Lo primero de todo su puesto de trabajo y sus ingresos de casi 4.000 euros mensuales. Y con ello vino todo lo demás. Dificultades para hacer frente a la hipoteca y la letra del cochazo, y para llenar la nevera y llegar a fin de mes.

Mi amigo le quiso hacer entender que su situación es muy habitual entre el mundo de las personas asalariadas. Que en el momento que dejamos de percibir el sueldo no tenemos absolutamente nada. La prestación contributiva por desempleo en el mejor de los casos. Mil euros como mucho, que se antojan bien poco para intentar llevar una vida digna. A la arquitecta desempleada se le desencajó el rostro. Ella no encajaba en el perfil de una asalariada. Era una persona con estudios, que había ido a la universidad, que había encontrado un buen puesto de trabajo, que ganaba un sueldo más que decente, un sueldazo. Nada tenía que ver con esa gente que se desloma de lunes a sábado trabajando muchas más de 40 horas por 800 o 900 euros.

Mi amigo quiso volver a insistirle en que, independientemente de lo que ganara al mes, su situación era igual que la de la cajera del supermercado o el mensajero que entrega paquetes a domicilio. La de una persona que por su trabajo percibe por todo pago un salario. Sea el salario que sea. Y que cuando pierde la condición de asalariada pasa a convertirse en una posible candidata a engrosar las filas del ejército de la pobreza. Que incluso siendo asalariada hay muchas posibilidades de ser pobre. Pero, vuelta con la burra al trigo, la arquitecta se resistía a ser encajada en el perfil de asalariada. Ella no se podía comparar con quien había perdido su puesto siendo albañil, tornero o carnicero. Tras vanos intentos por parte de mi amigo por hacerla entrar en razón se levantó, se despidió muy educadamente y se marchó.

Mi amigo, viejo sindicalista curtido en mil batallas, encendió un pitillo y con gesto de resignación me miró y me dijo: pues así, todos los días. Mientras no seamos capaces de hacer entender al grueso de la clase asalariada que no tiene nada más que su sueldo, y que en cualquier momento lo pueden perder y quedarse sin casa, sin derechos, sin futuro; mientras la clase asalariada se siga creyendo el cuento de hadas de que son clase media, no habrá nada que hacer.

El movimiento obrero y sindical y las ideologías que tienen como fin último la superación del sistema capitalista son tachadas hoy en día de obsoletas por contar con casi dos siglos de existencia. Sin embargo, el capitalismo y el sistema de salariado que surgieron con anterioridad apenas son cuestionados. Son viejos los remedios pero no es vieja la enfermedad.

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