Sobre el fútbol

BIXEN

Vicente Carrasco ‘Bixen’

No me interesan los deportes de equipo. No me han interesado nunca, lo que pasa es que de pequeño no había manera de librarse de ellos, así que entre pitos y flautas desarrollé una sólida carrera como paquete supremo en varios deportes; siempre de los últimos en ser elegidos para acabar de portero (a veces) o de poste (muchísimas) veces. Creo que he hecho hasta de canasta. El caso es que no me interesan para practicarlos y mucho menos para verlos. Con los años he construido a mi alrededor una burbuja en la cual no se habla de fútbol. Nadie me pregunta más allá de la primera vez si he visto tal partido o me he enterado de tal resultado. Durante el (campeonato) mundial  (de fútbol) cuando me preguntaban si lo seguía preguntaba con toda la honestidad del mundo que el mundial de qué. Como si estuviera al tanto de cuándo es el campeonato mundial de algo.

Cuento esto no para demostrar lo interesante y especial que soy (que es una cosa que salta a la vista una vez se repara en que cuelgo los calcetines en el tendedero por colores y funciones) sino porque estoy intentando plantear un asunto y necesito esta introducción.

Los seguidores de deportes de equipo, principalmente fútbol, son legión. Están, estáis por todas partes.  No hay ya brecha de género, ni de edad, ni de clase social, ni de nivel educativo ni clase social que la cosa del fútbol respete. La mayoría de la gente está al tanto, muchísimos se preocupan demasiado por ello y una barbaridad de gente pierde los papeles y si es necesario echa espuma por la boca y pierde hasta el apetito a cuenta de lo del fútbol.

Es un sentimiento, me dicen. Si no lo entiendes no lo vas a entender nunca, me dicen.

Después de darle muchas vueltas llegué a la conclusión de que es la parte del deporte de equipo con la que uno conecta o no. Y esa conexión sucede de un modo tan bestial que a quienes no nos afecta (esos que durante años pensamos que estábamos estropeados porque cómo íbamos a ser capaces de no disfrutar o sufrir con lo que todo nuestro entorno lo hacía) nos deja totalmente fuera de lugar. A ver si íbamos a ser de esa gente que no le gusta el jamón ibérico, por poner un ejemplo raro. O las croquetas. Alguno habrá que no le gusten, seguro.

Para mí, la parte importante es cuando quien está metido de verdad en el ajo dice cosas como “hemos perdido”, “hemos ganado”, “cuando nos robaron la Eurocopa” o “es que esos (los del equipo de los malos, no el suyo) son”  y ahí entran adjetivos que si se refirieran a los negros vendría de un miembro del KKK y si se refiriera a los gays vendría del Trump brasileño, maldita sea su estampa. Con frecuencia este uso de la primera persona del plural, ese “nosotros” (los once en pantalones cortos y el que dice estas cosas) viene de gente que en cualquier otro ámbito de la vida tiene mucho más sentido común y muchas más luces que yo, algo que me confunde mucho. El contraste, digo. Que haya quien tenga más luces y más sentido común que yo es público, notorio y felizmente muy común.

Cuando un esquiador gana un campeonato sus seguidores (que los hay a miles) no dicen “hemos ganado”. Cuando un boxeador renueva el titulo nadie se apunta al carro con la salvedad de los que han apostado y ganado. Y ni por esas. El boxeador ha ganado y tú también, pero nadie se calza los guantes por poderes. Pero vamos a hacer una pirueta a ver si es lo gregario lo que causa este lío.

Cuando uno de mis grupos favoritos saca un disco nuevo ni yo ni los demás fans enloquecidos por su música decimos que hemos sacado disco y que a ver si es bueno. “Vaya disco vamos a sacar muy pronto Ruper Ordorika y yo”, podría decir. Ya me gustaría, pero no. Ruper Ordorika va a sacar un disco dentro de unos días y yo voy a aplaudir y escucharlo con cuidado, como debe ser.  El público de una noche de monólogos o una obra de teatro de esas diabólicas donde tienes que participar y lo mismo acabas en el escenario nunca dice “vaya bolo bueno hemos echado hoy y eso que me he levantado medio resfriado”.  Durante años un amigo y yo hemos hecho bromas con coches tocando la bocina hasta las 3AM celebrando que le han dado el Nobel de Física por fin a quien se lo tenían que dar y sobre los seguidores de Murakami que a este paso no van a ver cómo le dan el Nobel de Literatura pero es que ellos están ahí “pa sufrir” y miran las banderas y las vuvuzelas oficiales de Murakami almacenadas en su armario desde hace demasiado tiempo y les dicen “este año tampoco, pero va a suceder; será el año que viene quizás, acaso será el que viene”.  Y su gato maúlla, seguramente por casualidad.

Ahora que el otoño y el invierno juegan a ver quién puede más salen los defensores y los detractores del frío, del calor, del otoño, del hielo y de la nieve, de la chicharra veraniega y de la condenación y vida miserable que acarrean todas las estaciones.  Imaginemos por un momento que yo mismo, eterno defensor del otoño como paraíso del color, adorador de la nieve, el frío y la oscuridad que conlleva porque “maite ditut maite gure bazterrak” y sanseacabó, arranco una conversación mañanera con un jovial “vaya mañana buena hemos hecho… ¿y qué me dices de esta noche? Hemos bajado a -7 y podíamos haber llegado a -10, pero no hemos podido.” ¿Cómo de loco sonaría, no ya como defensor sino como creador del frío y el invierno, partícipe de de las borrascas, arte y parte de la borrasca que viene de Rusia y le hiela el alma a los flojos y veranitas?

¿Os dais cuenta, mis queridos futboleros, mis queridas futboleras, de lo locos que parecéis estar cuando decís esas cosas?

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