Sola, borracha… libre

Oscar Gomez

Óscar Gómez Mera

Vaya por delante que no será el que suscribe quien, ni durante una milésima de segundo, defienda al Gobierno de coalición del Reino de España, ni a Unidas Podemos, ni a la Ministra de Igualdad. Faltaría más. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.

Tras conocerse el lema de la campaña impulsada por el Ministerio de Igualdad, Sola y borracha quiero llegar a casa, no han tardado las hordas cavernícolas en tocar a rebato para lanzarse a desprestigiar la misma tratando de convertirla en un alegato a favor del alcoholismo. Intento que raya el delirio si tenemos en cuenta que vivimos en un país donde el alcohol es la verdadera fiesta nacional. Bodas, bautizos, comuniones, cenas familiares y de empresa, navidades, celebraciones deportivas, fiestas patronales… no hay acto o celebración patria que no se riegue con litros y litros de alcohol. Sólo en mi barrio hay más bares que en toda Noruega, no les digo más.

Lo que molesta no es el lema de la campaña. Lo que ofende es la libertad que han ido ganando con esfuerzo y lucha durante décadas las mujeres. Molesta que beban y que fumen. Que se pongan pantalones. Que estudien y que puedan votar. Que se manifiesten. Que sean madres o no lo sean. Que trabajen o se queden en casa. Que den pecho o biberón. Que se depilen o se dejen trenzas en el sobaco. Que se vistan como les sale del moño, y que hagan con su cuerpo lo que les sale del coño. En definitiva, que elijan libremente la vida que quieren llevar. Y que no acepten ser sumisas a nada ni a nadie. Que quieran ser libres.

Un periodista, que lo fue del régimen anterior y ahora lo es de éste, declaraba que a sus hijas, aunque fueran mayores, no le gustaría verlas borrachas. El padre de mis hijas también preferiría verlas en la biblioteca o jugando al fútbol antes que con una tajada monumental. Y si en vez de hijas fueran hijos, exactamente lo mismo. Su madre y su padre tendrán que enseñarles lo perjudicial que puede llegar a ser el alcohol, el tabaco o el resto de las drogas. Pero sobre todo que nadie puede hacer con ellas y con sus cuerpos lo que les apetezca, hayan bebido tequila o agua del Carmen, vayan con escote y minifalda o vestidas de lagarterana. Y si algún día llegan a casa, como alguna vez llegó el padre que les ha tocado sufrir, haciendo eses, tocará apechugar y hacer penitencia. Prefiero que mis hijas lleguen a casa borrachas a que no lleguen. Y para que lleguen, además de enseñarles a tener cuidado con el alcohol, habrá que enseñarles a asumir su propia defensa.

Hasta hace tres lunas, si una mujer que bebía, que salía de noche, que vestía minifaldas y escotes, sufría una agresión sexual era porque se lo merecía, porque lo iba buscando, porque lo había provocado. De un tiempo a esta parte se le está intentando dar la vuelta a esa tortilla. Pero no es fácil. Las víctimas de las violaciones aún son criminalizadas, incluso por los propios jueces y por las propias instituciones del Estado que debieran ser quienes velasen por su seguridad y su integridad. Pero las mujeres se han cansado, se han organizado y han alzado su voz para gritar que un NO siempre es un NO. Que su estado etílico, su vestimenta, su forma de bailar o moverse, no le da derecho a nadie a ponerles un dedo encima, y que aun estando muy perjudicadas por el alcohol tienen derecho a llegar a su casa sin que nadie las viole o las asesine. Que nadie tiene derecho a disponer de sus cuerpos si ellas no lo consienten.

Y si ellas no lo consienten y un hombre se pasa por el arco del triunfo su no conformidad y abusa de ellas debe de dar con sus huesos en la más lúgubre de  las mazmorras. Y si esto último no es así, estarán en su derecho de defenderse como puedan. Quien intente agredir sexualmente a una mujer que no se rasgue luego las vestiduras si acaba con un palmo de acero en la bajo vientre, o con kilo y medio de postas en el cielo de la boca. Porque visto lo visto, a las mujeres les están dejando pocas opciones, y las pocas que les quedan no van a ser del gusto de muchos.

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