Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión

Alberto Sergio

Alberto Sergio

· Alberto Sergio Fernández (Durango, 1977) es maestro de Primaria y licenciado en Teología, así como candidato a Diácono permanente en la Diócesis de Bilbao

Entonces, ¿qué enseñanza podemos encontrar en los textos de la Biblia, a los que los creyentes llamamos la Sagrada Escritura, y que en algunos casos pueden tener hasta 3.000 años de antigüedad, para la vida de hoy en día? Es cierto que la Palabra de Dios nunca pasa, siempre es nueva, siempre tiene algo original que dirigirle a cada corazón humano en cada época, en cada día…

Está llamada a encarnarse, a hacerse realidad en cada momento de la existencia de sus “creaturas”… Y he dicho bien, nuestra existencia, pues ella es nuestra cualidad, la de los seres creados, mientras que la cualidad de Dios es el Ser, la Esencia; Yahvé se traduce como “el que Es”. Así, Dios es y nosotros existimos. Anthony de Mello, en uno de sus hermosos cuentos expone la siguiente metáfora: “Los Hindúes han encontrado una hermosa metáfora para expresar la relación entre Dios y su creación; es como la del bailarín y su danza. Dios baila la creación…” (de Mello, A.: “El canto del pájaro” Ed.: Sal Terrae). Interesante, ¿no?

Pero volvamos a la pregunta inicial que nos ocupa. ¿Cómo habla la Palabra de Dios hoy? Para empezar, hemos de hacer el ejercicio inicial de entender qué es lo que quiso decir el escritor cuando lo escribió, y de ahí de la importancia de formarse, tanto los presbíteros como los laicos, en estos aspectos; para ello en esta diócesis somos privilegiados con un sinfín de eventos y encuentros destinados a ello.

Pues bien, podemos poner por caso el libro del profeta Ezequiel, quine rompe con una  tradición que había prevalecido durante siglos en pueblo de Israel: la de la responsabilidad colectiva del pecado. El profeta insiste en que tanto el pecado como la conversión son un asunto personal. Es verdad, que la conversión es algo fundamentalmente de Dios, pero yo se lo tengo que permitir. La voluntad de Dios está clara; Dios quiere que tengamos acceso a la vida llena de felicidad y alegría, y es por ello que nos insiste a través de sus profetas de la importancia de ponernos a tiro de su Palabra, en la oración comunitaria y personal, en los sacramentos, en el diálogo con otros creyentes en la lectura orante…, que es lo que va a posibilitar nuestra conversión, a la que estamos llamados en esta cuaresma.

Y es que, tal y como explica el papa Francisco, «la esperanza se aprende sólo mirando a Jesús, contemplando a Jesús; se aprende con la oración de contemplación». Porque quizá rezamos las oraciones que aprendimos de niños, o el rosario o cualquier otra oración vocal, que está muy bien, pero ¿nos dedicamos a contemplar? Puede ser un interrogante, tal vez, un poco desconcertante, pero la respuesta del Papa Francisco es clara: «Se puede hacer sólo con el Evangelio en la mano»; concretamente, sugirió que el proceso es sencillo: se trataba de coger el Evangelio, elegir un pasaje, y leerlo varias veces, imaginando y viendo lo que sucede y contemplando a Jesús. Incluso en medio de muchas ocupaciones se puede siempre encontrar el tiempo, tal vez quince minutos en casa…

La oración de contemplación nos ayuda en la esperanza y nos enseña a «vivir de la esencia del Evangelio». Por esto hay que «rezar siempre: rezar las oraciones, rezar el rosario, hablar con el Señor, pero también hacer esta oración de contemplación para tener nuestra mirada fija en Jesús». De aquí «viene la esperanza». Y así también «nuestra vida cristiana se mueve en ese marco, entre memoria y esperanza: memoria de todo el camino pasado, memoria de tantas gracias recibidas del Señor; y esperanza, mirando al Señor, que es el único que puede darme la esperanza», el único que no me va defraudar…

Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, vuelve de nuevo la mirada a Jesús, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Este el culto que Dios quiere: no quiere ni holocaustos ni sacrificios ni culto vacío. En Mateo 5, 23 y siguientes leemos: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”… Y fijáos en un detalle: el evangelio no dice “si le has hecho algo a tu hermano”, sino que dice “si tu hermano tiene algo contra ti”; es decir, quizá tu hermano no tenga razón, pero la razón para acercarme a él para reconciliarme no es quién tiene la razón, sino el Amor:  yo elijo querer y quiero: acercarme a mi hermano para procurar la reconciliación. Y esto es más importante que el culto, es más, este es el verdadero culto que Dios espera para esta cuaresma: dejar de lado quién tiene razón, y acercarnos al prójimo por amor; como Él mismo hace por nosotros: Dios, en Jesús,  no entrega su vida porque tenemos razón o por nuestras ideas o… Lo hace porque quiere… Pasando mucho tiempo junto a Él en adoración y contemplación iremos experimentando eso, nos irá transformando nuestro corazón y entonces podremos acercarnos al hermano, aunque no tenga razón, para promover la paz y construir el camino hacia la plenitud, hacia esa felicidad que Dios desea para nosotros.

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