Tiritas del Pato Lucas

Oscar Gomez

Óscar Gómez Mera

Hace unos días, en la playa, me hice un corte con una roca en el tobillo. Al llegar a casa desinfecté la herida con alcohol y le puse una tirita. La última del botiquín. Fui a la farmacia a comprar más. Había todo un expositor lleno de tiritas donde además de las clásicas tiritas de color carne había otras muchas con diversos motivos. Había de Bob Esponja, del Pato Lucas, de Frozen… y también había unas con smiles, el emotico sonriente. Compré una caja de las clásicas de color carne, pagué y me fui.

Aquellas tiritas me recordaron al mundo coach. Ese mundo de gurús obsesionados en hacernos entender que la pobreza y la precariedad, y la ansiedad y el estrés que nos genera todo ello, son un problema de actitud individual. Escriben libros, dan charlas y conferencias, organizan cursos, son contratados por administraciones públicas que les pagan sumas generosas. Todo ello para dar respuestas a todas nuestras preguntas. Pero con un claro mensaje subyacente: el mundo es así, no puedes cambiarlo, acéptalo y sométete.

La clásica tirita color carne cubre una herida, una pequeña lesión que nos duele, nos molesta, nos incomoda. Pero a una niña le pondremos una tirita de dibujos animados para que olvide que tiene un corte o herida. Las niñas incluso querrán ponerse las dichosas tiritas aún y cuando no tengan ninguna herida. Ya desde que somos unas tiernas criaturas tratan de ocultarnos las heridas, los cortes, las lesiones que nos infringen. Así, olvidamos la raíz de los problemas. Nos centramos en observar el cuadro que tapa la grieta de la pared de la sala de estar, y no en averiguar qué es lo que la ha producido. Ni se nos pasa por la cabeza cuestionarnos el modelo económico y social, la cuestión territorial, el sistema representativo, la capacidad de poder decidir o no…, en definitiva, el statu quo.

Dedicamos horas, días, años de nuestra vida a seguir produciendo, consumiendo, perpetuando el sistema, mientras la propia vida se nos esfuma de las manos. No cuestionamos ni el sistema capitalista, ni el patriarcado, ni el salariado, ni el reparto de la riqueza ni el del trabajo. Lo más que haremos será divagar sobre si sería mejor que gobernase el partido A o el B. Si resulta conveniente reclamar las competencias que nos restan por asumir, aunque a la hora de la verdad no podamos decidir nada. Si nos conformamos con una subida salarial del 1% o no cejamos en nuestro empeño hasta lograr una del 1,6%, aunque ese 1,6% supongan 10 o 12 cochinos euros. Si es más feminista un gobierno con once ministras o uno con trece o catorce, aunque luego ninguno de ellos lleve a término políticas feministas. Y así, hasta el infinito y más allá.

Pero no basta con claudicar, con someterse. Hay que hacerlo con una actitud positiva y con una sonrisa de oreja a oreja. Porque la queja y el malestar son actitudes que en nada nos ayudan. Porque si estamos sumidas en la mierda es por un problema de actitud individual. Nada tiene que ver con el sistema en el que nos han condenado a vivir sin consultarnos. Todo es culpa nuestra por no tener la actitud correcta, ser más optimistas y ponernos tiritas con la jeta del Pato Lucas hasta en el escroto y el clítoris.

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