‘La (co)vid(a) era esto (título provisional de mal gusto, no duermo mucho)’, por Amaia Santana

 

AMAIA SANTANA 1

Amaia Santana

La escenografía es muy importante. Los detalles, el atrezzo, ya saben. El ego que hay por delante, por detrás, a los costados, en cada salida de emergencia de tu (puñetera) casa. Debajo del sofá, en la esquina donde la rumba (marca registrada) se obceca y aluniza, se obceca y aluniza… así hasta adentrarse en un vórtex adimensional muy loco.

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Igualmente importante es la higiene y el dress code de cintura para arriba. También contar con un fondo que te aporte clase social y liderazgo. Nunca un fondo neutro. ¿Acaso hay algo neutro en esta vida, pardiez? Nada de fondos aburridos como un armario ropero o una ventana a trasluz, ¡no, no, no! ¿Qué eres, un instagramer adolescente de medio pelo? Mira Paulina qué pedazo de fondo fastuoso para su puesta… a punto.

Si no tienes droga a mano para tu videollamada, no te alarmes, no pasa nada. Siempre hay algún remedio casero para mitigar la ansiedad ante la cámara.

Estábamos con el fondo, eso es. Quiero ver PODER tras tu alma de cartón-piedra. Léase: libros. Pero ojo: tiene que ser tipo biblioteca completa Planeta Agostini, de ahí para arriba.

O sea, no me vale una estantería con unos cuantos libros y un par de souvenirs. Tienen que ser muchos libros, muchos. Tapa dura, a poder ser. Ah, y te los has leído todos, claro. Antes de la cuarentena.

También valen discos y/o vinilos, pero insisto, tienen que ser muchos. Muchísimos. Discos de primeras ediciones, de ediciones limitadas-piratas-japonesas, de tiendas recónditas del mundo que tristemente cerraron sus puertas, pero tú llegaste a tiempo.

Si no tienes fondo intelectualoide de este calibre, puedes aprovechar para sacar a relucir tus obras de arte. Cuanto más falsas, mejor. Así harán juego con tu sonrisa.

MUY IMPORTANTE: el factor humano. Si tienes la suerte (o no) de convivir con hijos, perros, maridos, esposas, amantes, primos y demás familia, por favor que aparezcan en escena. Esto es esencial. Hoy día, son moneda de cambio: son el nuevo bitcoin.

El pobre diablo que esté solo en su casa mirará en derredor de sus aposentos tristes y desangelados, y comprobará cuán raquítica es su biblioteca/filmoteca/discoteca. Toda ella cabe en una modesta estantería de Ikea, montada en un ligero plano aberrante en un guiño entrañable a la torre Pisa.

Si tampoco tienes ningún elemento humano y/o animal para introducir -de forma casual- a tu videollamada, date por jod…

Sobre todo evita confeccionar un espantapájaros para meterlo discretamente en plano y hacerlo pasar por tu novio, ese del que nadie te ha oído hablar jamás, porque efectivamente NO EXISTE.

(Nota del traductor: probablemente ese hombre aún no ha nacido, y si no ha nacido todavía, pues esta chica va mal, muy mal, fuckin-cougar-MILF-to-be).

– Le he conocido durante la cuarentena, fíjate qué cosas. Fue una necesidad –digo amor- a primera vista.

No, no sigas por ahí. De verdad. He estado ahí. Y no se sale con dignidad.

– ¿Y dónde le has conocido exactamente? (suspicacia barata) ¿En el súper? (pura envidia de gente sucia que no cree en el amor romántico, ¡atrás!)

– Elemental. Nos peleábamos por la última botella de vermú y él fue un caballero, la verdad. Tras un leve forcejeo, me cedió amablemente la botella. Entonces me quité la máscara de gas, para verle mejor –a 2m de distancia, se entiende-, y luego de un lingotazo a palo seco a este exquisito elixir dominguero –tenía que armarme de arrojo y vaciarme de la asepsia sanitaria-, le dije: “Ey, ¿te apetece que compartamos esta botella, bribón? ¿En tu casa o en la mía?”

Porque claro, tampoco hay muchas más opciones en este momento. No hay tiempo que perder. Siempre hay un vecino mirando y al acecho, además. Deseando llamar a la policía para dar el chivatazo y darle un poquito de emoción a su anodino día.

– Total, que Tommy Gun se vino a mi casa a tomar el vermú… y ahora estamos pasando la cuarentena felizmente juntos, ya veis. ¡Lo que es la vida!

– Vaya historia…

– ¡Uy! Tu nuevo amigo Tommy Gun se acaba de desplomar contra el suelo.

– Ay, a veces se le va un poco la mano con el alcohol, pobre. A ver, si no estamos en la cama pues estamos dándole al alpiste, ¡qué vamos a hacer! ¿Repostería?

– El caso es que no ha hecho ningún ruido al caerse de bruces contra el suelo, ¿está bien?

– Tengo el suelo insonorizado. Y es peso pluma. Sobrevivirá, no os preocupéis.

Hacedme caso, por bien hilada que estuviera mi historia, con efectos especiales y giros de guión sobre la marcha, no coló. Pensaron que me he vuelto loca de estar tanto tiempo sola. Pero eso ya lo pensaban antes de la cuarentena…

No contenta con la historia fallida de mi querido Tommy Gun, que en paz descanse, volví a intentarlo con una persona real. Esta vez, con el repartidor de Amazon.

Casi me sale perfecto: máxima sincronización entre la videollamada de marras y la hora de reparto.

Qué falló –inexplicablemente- en este plan: el tipo de Amazon desconfió de mis oscuras y rocambolescas intenciones y el muy cabrón no cruzó el umbral de la puerta, ajeno a mi llamada desde la biblioteca:

– “Ven, cari, que estoy aquí con estas en la videollamada, ven a saludar, ya sabes, estoy al fondo a la derecha, donde siempre. No tengas miedo. Déjate llevar”.

No se dejó llevar en absoluto. En lugar de eso, dejó el paquete en el felpudo y se marchó sin que firmara ni nada.

LA HISTORIA DE MI VIDA.

– Ay, es que Tommy Gun II es muy tímido. Es nombrarle ‘Skype’ o similar y le entra un ataque de pánico al hombre…

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