Cuando Miguel Zugaza fue al Museo del Prado

Anasagasti Opinion MUgalari

Miguel Zugaza fue subdirector del Reina Sofía y director del Museo de Bilbao antes de recalar en el Museo del Prado. Hijo de Leopoldo Zugaza era uno de los clásicos semanales en el avión Bilbao-Madrid. Su familia vivía en Durango. Era de esos vascos a los que eso de ir a Madrid siempre lo consideró algo provisional y como de paso, aunque haya estado quince largos años con sus pros y contras.

Me contaron que cuando llegó a la Villa y Corte el Presidente del Patronato era aquel impresentable de Eduardo Serra, que había sido ministro de Defensa con Aznar y que este le preguntó si era del PNV. «He sido Director del Museo de Bilbao y nadie me ha hecho una pregunta similar a esa». Y ahí quedó la cosa.

Es una muy buena noticia su vuelta a casa después de conocer las tripas de uno de los mejores museos del mundo. Y volviendo a su aita hay que recordar que fue el promotor de la Feria de Durango y que hace dos años recibió el Premio Sabino Arana. En una entrevista dijo que hoy en la Durangoko Azoka lo audiovisual se come al libro y que habría que hacer dos Ferias y creo que tiene toda la razón. Pero no le han hecho el menor caso. Este país es así de agradecido.

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One Response to “Cuando Miguel Zugaza fue al Museo del Prado”

  1. Anisia Serendipia dice:

    Lo que voy a contar es una anécdota de juventud que siempre que me preguntan por ¿ese Miguel Zugaza de tu pueblo, qué? ¿cómo está ahí…? la recuerdo y dependen del «público» la cuento, después de decir «para mí, este donde esté, se lo merece». El es un poco más joven que yo pero ibamos a la Uni de Deusto en el mismo autobús. En este mismo autobus iba un chico de Arriaundi, Josu, que este si era de mi quinta, y le solíamos recoger en Arriandi. Una mañana de invierno, de esas de sol brillante, a la vez neblina y un frio de muerte, el chofer pasó de largo y no paró para recoger a Josu. Entonces empezamos a chillar para, para, que está Josu… qué sí, que pares, que le hemos dejado alli… El chofer decía que no podía y que además con la niebla el tal Josu no vería que habíamos parado. Como en nuestra incosnciencia juvenil gritabamos para, para, como si se pudiera para en cualquier sitio, el chofer, en su inconsciencia paró. Y claro, el que se había quedado en Arriandi no nos veía. ¿Y ahora?, pregunta el chofer. Hete aquí que ni corto ni perezoso, se baja Miguel Zugaza del autobús y echa a correr con aquel frío, el sol deslumbrando, y no se cuanto camino por recorrer, y vuelve al de un rato con Josu el de Arriaundi, como le llamabamos en el instituto. No creo que Zugaza lo recuerdo, seguro que Josu sí, y a mi no se me olvida de lo buena persona que me pareció. ¡Chapó! Miguel Zugaza.

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