De liebres

Bixente Carrasco

Vicente Carrasco ‘Bixen’

Hay cosas que dan alegría siempre. Una de esas, y sé que no tiene ningún sentido, para mí una de esas es cuando entro o salgo de casa y veo una liebre.

Las liebres en Estocolmo no saben lo que es un cazador.  Un cazador humano, quiero decir. Hay bosque viejo por todas partes, así que hay rapaces diurnas y nocturnas. En verano las dos a la vez, porque casi no hay noche. Y hay zorros. Y si te separas un poquito de la ciudad hay glotones, tejones y hasta lobos. Y todo el muestrario entre una comadreja y un hurón. Pero aquí, entre las casas, pocos depredadores hay que puedan preocupar a una liebre. Creo que ninguno. Esos afortunados gatazos noruegos que salen a pasear desde los bajos y los primeros (hay que ver las escaleras y pasarelas que les ponen para que salgan y entren a su antojo) no tienen ni media oportunidad con una liebre y seguramente opten por presas mucho menores.  Y los galgos que tiene la gente, la mayoría rescatados de la barbarie, están encantados siendo mascotas muy tranquilas y obedientes, sobre todo considerando cuáles eran las alternativas.

Liebre

Huellas de una liebre en Estocolmo. · PHOTO · Vicente Carrasco

Estas liebres ni siquiera necesitan moverse como el rayo, que es como yo recuerdo ver a las liebres. Igual que a las comadrejas. Por el rabillo del ojo, una sombra parda que pasa vista y no vista, tan rápido que no sabes si lo has soñado… o muertas. No hay más. A las liebres allí las veía así o colgando de un gancho en una carnicería o del cinto de un cazador camino de ser estofadas con judías blancas y en un plato que a veces estaba delante de mi. A ver, que muy ricas. Sí.

Pero me gusta verlas así. Caminando tan tranquilas. Delante de casa. A sus cosas. Andando. No sabía que las liebres podían andar, creía que su única manera de desplazarse era encadenando larguísimos saltos a ras de suelo, nunca más de dos a la vista. Zas, zas, ya no me ves. Solo las liebres que se escondían antes de dos “zas” (a poder ser después del primero) transmitieron sus genes.

Un día de otoño tuve la suerte de ver una liebre adulta con un lebrato.

Dice muchísimo del sitio del que vine que nunca había visto una liebre viva de cerca, mucho menos con un lebrato.

Hoy he visto una trotando (despacito) por la nieve y me he vuelto a acordar de que me encantaría ponerles comida, al menos en invierno. Un sitio donde hay muchos pájaros es un buen sitio para vivir, así que le cuelgo comida a los pájaros. Sobre todo en invierno. Dar de comer a unos pájaros sí (por ejemplo carboneros, herrerillos, trepadores y por supuesto a los astutos gorriones, que han aprendido a comer cabeza abajo) y a otros no (digamos gaviotas de toda especie, que se apañan perfectamente sin mi) es bastante fácil. Según qué comida cuelgues y cómo la cuelgues y de dónde restringes el acceso y tienes casi la certeza de que estás ayudando a quien quieres ayudar. Voy colgando distintos tipos de comederos, bolas, etc (de venta en supermercados) de las ramas de un árbol. Cuando paso cerca y es de día veo de reojo que siempre hay algún pajarito azul y amarillo, negro y amarillo, marrón y gris. A veces más de uno. Y ya empiezo o termino el día de una manera que siempre es mejor.

Mi casera me ha dado permiso para colocar un comedero frente al edificio. Los hay muy sofisticados y de buen tamaño, así que es mejor tener permiso y hacer las cosas bien. Y ponerlo en el tablón de anuncios del edificio y explicar a la gente qué es y cómo ayudar si quieren ayudar. Dar de comer a los pájaros es una afición que aquí se asocia con señoras de más de 60 años, así que creo que le hizo mucha gracia que tuviera tanto interés en el asunto, pero en Suecia todo el mundo sin excepción odia a las moscas porque pueden reventar nuestro día favorito de todo el año (sí, el verano) y a más pájaros menos moscas.

Dar de comer a la liebre es otro cantar porque no hay manera de alimentar a las liebres sin alimentar a las ratas, que bien hermosas están sin necesidad de que yo las alimente.

Qué alegórico que no pueda dar algo a cambio a un bichejo que me da alegría nada más que por el hecho de pasar andando al lado de casa porque ayudarle significa alimentar también a las ratas. Bueno, qué estoy diciendo, sacar enseñanzas y moralejas de todo. Entre Samaniego y Disney cuánto daño han hecho. Igual Samaniego ha sido el peor de los dos.

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