Dragones en el paraíso

BIXEN

Vicente Carrasco ‘Bixen’

El dragón de Komodo es un reptil bastante grande (de dos a tres metros y sus buenos sesenta, setenta kilos) que come generalmente carroña pero si tiene suficiente hambre puede atacar a cualquier cosa que se mueva, lo que incluye a la gente. Estos animalillos viven en una zona muy concreta de Indonesia y allá que se fue un tipo que conozco. No a ver los dragones de Komodo, no, que eso se lo encontró al llegar y maldita la gracia que le hizo.

Digo allá que se fue pero en realidad por allí pasó como se encuentra uno a veces los paraísos, por pura casualidad. Y lo que vio le dejó maravillado. Todas esas historias de gente que vive con muy poco y que todo te lo ofrece, niños por todas partes, grandes sonrisas, paisanos abiertamente curiosos ante lo raro que es el visitante pero muy hospitalarios. Gente para la que la barrera del idioma no es cosa novedosa porque en un país en el que se hablan más de 700 lenguas esto tiene que pasar todo el rato.

Por cuatro perras (incluso para el viajero que aun teniendo para viajar tampoco tiene para quemar) el viajero se alquila una cabañita con lo básico, que allí no es mucho pero es más que suficiente. El clima es maravilloso, el mar muestra según la hora del día todos los tonos del verde madreperla, que resultan ser legión, el azul más azul y la espuma es más espuma. El viajero casi, casi siente pena de estar allí solo, sin poderlo compartir con alguien más, pero se le pasa cuando piensa que si empezó el viaje solo también fue por algo.

Pero aquel sitio tiene una pega. Bueno, tiene dos. Una es que no hay bar. Todo aquello es maravilloso, pero con un bar sería la hostia. Y bar hay, pero está cerrado. Cerró hace no mucho. Lo llevaba un extranjero.

Un europeo por lo visto, aunque no cuentan mucho de él. La otra pega son los dragones de Komodo que campan a sus anchas por la zona. Están amenazados de extinción y por lo tanto protegidos por la ley. Y en Indonesia la ley está en manos de una gente que tiene una marcada tendencia a aplicar la ley a martillazos con una maza muy grande, mala herramienta para las sutilezas. Así, los dragones de Komodo retozan en la playa y toman el sol como dueños y señores que son de aquél territorio.

Como todos los lagartos los dragones son de sangre fría y poco amigos de salir a dar una vuelta de noche, pero tampoco parece una buena idea tentar a la suerte a ver si alguno de esos lagartos del tamaño de un Rottweiler se despierta en mitad de la noche con hambre y sale a dar una vuelta.

Los dragones de Komodo hacen que aquel paraíso no sea destruido en poco tiempo por el turismo. Allí no hay ni turismo de otras zonas de Indonesia. Solo algún científico aparece de vez en cuando a contar, medir, fotografiar dragones y quizás pesarlos si son pequeños. Muy pequeños.

El viajero por un momento piensa que quizás no fuera mala idea establecerse en aquel lugar. En un par de semanas está empezando a chapurrear la lengua local; o una lengua local, vaya usted a saber; bueno, una lengua.

Entre lo voluntariosos que son y lo majos que son con poco te entiendes, con poco te apañas y… y bien podría yo coger el bar, se dice. Con mi experiencia como cliente bien puedo suplir la escasa experiencia que tengo desde detrás de la barra. Y esta gente parece fácil de contentar —se dice. Les hago unas tortillas con el tubérculo este que tienen que parece una patata con unos huevos de puta madre de las gallinas estas del vecino, unas cervecitas (que tampoco tienen por qué estar muy frías) y marchando. A estos el cachondeo les tiene que gustar. Se les ve a falta de un bar.

Con mucha calma, que es como parece que funciona todo por allí, el viajero empieza a recabar más información sobre el bar. Además de la calma procede con tiento, porque tampoco quiere levantar la liebre demasiado pronto porque eso siempre sube el precio. Como era de esperar a los dos días todo el mundo sabe que el viajero quiere coger el bar y no hacen sino animarle. Y los guapas que son las chicas también le anima bastante, las cosas como son. Como para no animar. Muy guapas. Mucho. Y con sonrisa grande todo el rato.

Los días pasan con una o dos cosas que hacer y el resto puede dedicarse a no hacer nada, algo que el viajero ha decidido convertir en una de las bellas artes. En uno de esos momentos de tocarse los huevos a dos manos aparece uno de los escasos occidentales que viven en la zona, un australiano que está tan aclimatado al lugar que cuando le preguntan dónde vive señala vagamente con la mano a algo detrás de esta o aquella montaña y dice “por allí. No muy lejos”.

También a él le ha llegado la novedad de que el bar tiene un nuevo hombre al mando y eso que seguro que vive en la quinta puñeta y no tiene teléfono. Aunque el hombre sigue empeñado en negarlo, reconoce que está explorando la idea.

El australiano empieza a menear la cabeza como los bueyes y al final acaba por hablar. Resulta que ese bar lo lleva siempre algún forastero, a poder ser de bastante lejos como por ejemplo un occidental. Esa hospitalidad, ese ser tan pero tan jipi que tienen lo llevan a rajatabla los paisanos estos. Tanto es así que cuando el bar está abierto cuando tienen pagan y cuando no tienen consumen igual, porque cómo le vas a negar una, dos, tres o diez cervezas a un tío que sabes que te da la mitad de la gallina que mata y la otra mitad si se la pides te la da también. Y su camiseta. La de los domingos.

No se lo puedes negar y además no entenderían que así lo hicieras. No se mosquearía ese tío, se mosquearía contigo hasta el Tato. Y no quieras ver a esta gente mosqueada — le viene a decir el australiano, haciendo sospechar al viajero que quizás lo haya tenido que ver alguna vez. Así que uno tras otro así se han ido al garete los sueños de hostelero en el paraíso de no se sabe cuántos occidentales.

Cualquiera hubiera pensado que lo peor que te pudiera pasar en ese sitio es que te muerda un lagarto de 70 kilos.

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