Nabor Celayeta II

Jesús Iturralde

Ya diréis, amables lectores de Mugalari que, como anillo al dedo me viene el adagio “más vale tarde que nunca”. ¿Y a qué viene esto? Pues, que en mi escrito del día 26 de mayo indiqué que las hazañas del bueno de Nabor Celayeta se editarían en dos entregas y ahí va la segunda, que a su vez se divide en 2 partes.

1º En cierta ocasión, cayó en Durango tal tromba de agua que muchos bajos fueron perjudicados y uno de los más castigados fue la barbería de Nabor, dado que el piso del establecimiento se encontraba 1 o 2 escalones más abajo que la acera.

Reunidos los amigos de nuestro protagonista, optaron por acudir a la barbería para ayudar en el desagüe, convencidos de que debido a la mala uva del barbero, este estaría de un cabreo de los que hacen época. Llegados al establecimiento, cuál sería su sorpresa cuando al llegar, Nabor ayudado de un vecino estaba baldeando agua y cantando a voz en grito el fragmento de la opereta “Marina”, que dice.. “Costas de Levante, playas de Lloret, dichosos los ojos que os vuelven a ver…”.

¡Genio y figura hasta la sepultura!

2º Estamos en la época en la que el alumbrado eléctrico fue un boom, hasta el punto que los fabricantes de bombillas tenían viajantes que se dedicaban a ofrecerlas en todos los comercios. Pues bien, en cierta ocasión en plena tertulia de amigos a la puerta de la joyería Mancisidor, se presentó uno de los viajantes ofreciendo bombillas de más fama, las de la firma OSRAM. Pero coincidió que el viajante tenía el mismo defecto que Nabor y pronunciaba la “r” como “g”.

La broma ya estaba montada. Le dijeron que ellos ya tenían bombillas pero que el barbero de allí cerca compraba bombillas para revenderlas. Y allá que se fue el pobre hombre.

Saludó: “Buenas tagdes» y le ofreció sus «BOMBILLAS OSGAN”.

Nabor creyó que le estaba tomando el pelo y empuñando la escoba le sacó al pobre hombre a escobazos de la barbería y le siguió hasta la calle y allí se dio cuenta de que la broma la habían ideado los amigos de la tertulia. Acudió hacia ellos y se lio a escobazos chillando: “Puñetegos, vosotgos sois los culpables, os voy a coger a escobazos, puñetegos, cabguitos...”, todo ello acompañado de las carcajadas de los tertulianos y amigos de Nabor. Pero no llegó la sangre al río y la amistad ganó la partida al cabreo.

Y así transcurría el ambiente de aquel Durango chiquito y tranquilo que ya a través de los años ha ido desapareciendo.

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