La tribu

Jon Sergio

Jon Sergio

Lo acaecido con el famoso y funesto coronavirus durante las últimas semanas nos lleva a reflexionar sobre muchas cosas: La existencia, la vida moderna, la forma de relacionarnos, nuestros sentimientos, nuestra ciudad, la solidaridad, los medios sanitarios, la educación, etc…

En un mundo en el que todo está globalizado nos hemos dado cuenta de que estamos expuestos a problemas globales de dimensiones desconocidas, donde no queda otra solución que quedarnos en casa e implorar que todo acabe cuando antes, como cuando subes a una montaña rusa y te quieres bajar desde el primer segundo pero no puedes y empiezas a pensar en que si todo el personal que trabajó para ponerla en marcha ha sido profesional y ha realizado toda su labor correctamente, y como no, imploras que haya alternativas al desastre, como son, bomberos y equipos sanitarios cercanos. Pues bien, es aquí donde muchos de nosotros, ciudadanos de a pie, nos encontramos en estos momentos.

Podría ser peor. Podríamos vivir la pandemia en peores condiciones, peor sistema sanitario, peor sistema de emergencias, peor sistema de ayudas sociales, peor situación económica… Pero la verdad, es que aunque pudiera ser peor, esa idea de por si no ayuda. A día de hoy un simple estornudo genera muchas dudas en la gente de tu alrededor. No nos sentimos seguros ni aun limitando al máximo nuestros movimientos, estando la mayoría del tiempo recluidos en casa, a no ser que debamos salir para comprar lo imprescindible, ir al médico o ir a trabajar en una serie de trabajos que se consideran indispensables para el funcionamiento de la sociedad.

Para colmo, entre tantas administraciones, la central, la autonómica y las locales, a veces resulta engorroso ver dónde se encuentra el verdadero camino a solucionar cada problema de esta crisis, donde no hay vencedores ni vencidos, solo personas que tratan de la mejor manera posible sacar a flote el barco de esta tribu en que nos hemos convertido. Esperemos que entre todos logren hacerlo de manera eficaz, rápida y conjunta, teniendo a las personas como centro de actuación, no sin olvidarse de lo que nos da de comer, es decir, de la dichosa economía que sustenta nuestro estado de bienestar.

La danza de la lluvia es conocida como un ritual que practicaban una serie de tribus indoamericanas para invocar a la lluvia en momentos de dificultad ante la sequía que les azotaba. Desde un punto de vista moderno y sin entrar en muchas disquisiciones, puede parecer algo menor, algo hecho desde la ignorancia y pretenciosamente organizado por los jefes de dichas tribus para controlar a las almas de sus súbditos y la sociedad en sí. Pero si lo observamos con mayor determinación y rigor científico, desde un punto de vista antropológico, nos dirían que a las tribus que atravesaban una situación de crisis, estas danzas les hacían cohesionar al grupo para que no se disgregara y así lograr la supervivencia de toda la tribu, hasta que por fin volviera a caer el bendito agua que les proporcionaba la subsistencia. Sabían que juntos sería más fácil sobrevivir que por separado. Hacían caso a su memoria colectiva y a los dirigentes que habían sido elegidos para llevar la rienda de la tribu hacia adelante, bien asesorados por los hombres sabios de la misma.

Nosotros, un porrón de años después, debemos seguir más o menos sus pasos. Debemos continuar saliendo a las ventanas a las 8 de la tarde todos los días para rendir homenaje a los cientos y cientos de personas que luchan contra esta pandemia mundial y, como no, para cohesionarnos como sociedad, sentirnos cerca los unos con los otros, animarnos, amarnos en la distancia, desearnos el bien como sociedad, desearnos que todo esto acabe, que nos haga mejores personas y que sobrevivamos como tribu, que si bien antes era una pequeña porción de gente, hoy lo es toda la humanidad.

Esperemos que estos buenos deseos de unión, fraternidad, sensación de querer vivir el momento y solidaridad con toda la humanidad no se queden en el vacío una vez nos hayamos bajado de la montaña rusa anteriormente mencionada, cuando nos bajemos de la pandemia en que nos encontramos, y que dichos valores perduren… Y nos respetemos más, valoremos más a la gente, al personal sanitario, como Mila, Joana, Cristina, a la gente de la seguridad, como Manu, Jose Mari o Iratxe, a las cajeras de supermercados, como Noelia o Mónica, a mensajeros, panaderos, fruteros, transportistas, docentes, a los padres y madres comprometidos con todos y con todo, como Virginia, Pello o Laura, a los pequeños seres que habitan en nuestras casas y lo toman todo con naturalidad y disciplina como Uritz, Adrian o Irkuz, a la gente mayor que cuida y se cuida, a los que viven solos y aun así hacen de todo para estar contentos en casa y en definitiva, a todas las personas que trabajan para que sigamos teniendo mucho y bien en nuestros pueblos y ciudades. Y cómo no, a nuestros dirigentes, que también estoy seguro de que como jefes de la tribu que son, desean la supervivencia de todos y que se están dejando asesorar por los mejores en la materia.

Esperemos que así sea por el bien de todos.

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