Unas ideas desordenadas

Eukeni Bastida2

Eukeni Bastida

A los que hemos ido un poco al cine, durante estos días se nos ha hecho fácil imaginarnos empujar un carrito de la compra acompañados de nuestra familia y caminando por el arcén de una carretera hacia el sur, siempre al sur, después de que nuestro imperio cayese como un castillo de naipes y quedásemos todos al capricho del palurdismo (léase «Gracias por todo, Dr. Stiesel»).

¡Exagerado! Dirá más de uno, como si ese ingeniero sirio convertido a empujador de carrito que vemos en la tele mientras comemos fuese un personaje de ficción que cubre la sección de «dramas». Viviendo en un país próspero, tampoco imaginó esto para su presente. Por cierto, siendo sincero y respondiéndote a ti mismo, ¿cuántas noches de sueño te ha quitado la situación de aquel caminante? Eso es lo que importamos a los demás.

Lo básico

Como ejercicio, pero solo un poquito, adentrémonos en esa ilusión. Imagina que quedas con tus hijos en un mundo postapocalíptico. ¿Qué conocimientos deberías trasmitirle para sobrevivir? Por supuesto, lo básico. Mantener el calor y conseguir comida. ¿Le enseñarías a buscar los mecheros en tiendas abandonadas o a chocar piedras sobre hierba seca? ¿Le enseñarías a buscar comida enlatada o a trabajar la tierra?
Salgamos de esta inquietante ilusión cuanto antes.

Una de las lecciones que deberíamos sacar de esta situación en la que estamos, es que hemos abandonado lo básico para adentrarnos en la boca del capital. ¿Cuándo dejamos a un lado nuestra soberanía alimentaria? ¿Por qué prestigiamos una piña del otro lado del mundo más que el tomate de nuestro vecino el casero?

¿Por qué no nos apoderamos de la energía que cae sobre nuestros tejados en vez de importarla del Golfo Pérsico o del Golfo de México?
Es por eso que ahora existe el país vaciado y el país masificado, sofisticado y desligado por completo de la tierra y lo básico. Frágil.

Este seísmo vírico que nos sacude ahora, del que no conocemos aún la magnitud, lo intuimos muy arriba en la escala. Nos es una incógnita el nivel de las réplicas sociales y económicas a corto plazo. Debería ser un sopapo en toda la jeta que nos espabile y nos haga ver que las putadas no son cosas de aquella juventud de nuestros viejos ni de los etiquetados como «tercer mundo».

Respecto a esos temerarios irresponsables que vemos desplazarse y agruparse aquí y allá durante estos días de confinamiento. No creamos que si el rehén del virus fuesen nuestros niños en vez de nuestros viejos sería diferente. Quien ejerce de zoquete sigue ejerciendo de zoquete sin distinguir el escenario.

6 balones

¿He contado alguna vez que tengo seis balones en casa? Es una pregunta para sacar el tema. Sé que no lo he contado nunca. Primero, de baloncesto, un Spalding amarillo y morado de los Angeles Lakers. Está conmigo desde que tenía doce años.

Secundino parecido pero pequeñito, para que jugasen mis hijos cuando eran pequeños. Terceruno igual a Secundino pero en naranja, comprado cuando dimos por perdido a Secundino, que finalmente apareció. Cuatrero, de un tamaño intermedio cuando Secundino y Terceruno empezaron a quedarse pequeños.

Quintuki es de fútbol. Ya sabes que no se le puede dar patadas a los de baloncesto porque les sale un huevo, según dice la leyenda de los patios de colegio. Sextito fue un capricho resultado de uno de esos días en los que los críos te pillan con la guardia baja y en una dura negociación cedes al argumento de que es una buena inversión para jugar en la playa. Ligero, blandito y de vivos colores.

Aunque tengo que reconocer que todos estos balones han vivido su momento de gloria en una canasta o en la playa, la verdad es que creo que todos ellos tienen en común que están hechos del mismo material. El material del que está hecho el fondo de un vertedero derrumbado. Todos nos hemos dejado abrazar por la basura capitalista en la que triunfa el comercial que vende algo innecesario.

Tu dentista te dice que con un poquito de pasta de dientes, del tamaño de un guisante sobre tu cepillo, te puedes limpiar los dientes perfectamente. El anuncio sin embargo rebosa el cepillo con su producto a pantalla completa. Un gesto que imitamos en casa y multiplica
el consumo del producto. Y así con todo.

Cuando terminemos de colapsar el aire, la tierra y el agua, el coronavirus será un problema irrisorio. Sé que es dar el do de pecho como agorero, pero creo que llegará el momento en el que un carrito de la compra vacío será un bien muy cotizado por estos lares. Lo sabemos, y  poco hacemos para prevenirnos.

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